Y si todo hubiera sido así: la dirección del PP conoce, días antes de que se presente, que se prepara una moción de censura en Murcia y decide diseñar una operación cuyo objetivo es recuperarse del desastre electoral de Cataluña, reflotar a Casado, destruir a Ciudadanos para quedarse con su espacio electoral y dejar en evidencia al PSOE. De paso, Díaz Ayuso aprovecha la jugada para justificar el adelanto electoral que tanto ansiaba, aunque es perfectamente consciente de que el partido naranja no iba a presentar ninguna moción en Madrid. El PP sabe que Cs y PSOE preparan una moción de censura en Murcia, gracias, entre otras cosas, a una diputada que participa en las negociaciones de ambos partidos. Y, lo más importante, cuenta con que está destinada al fracaso. Por eso, el presidente López Miras no convoca elecciones pese a conocer lo que se gestaba, aparece tan tranquilo cuando se anuncia oficialmente la moción y no destituye a su vicepresidenta, Isabel Franco, que está en el ajo de la jugada. La operación se basa en el engaño (a una ingenua Arrimadas y a los socialistas deseosos de quitar una comunidad al PP) y la torpeza política de sus adversarios (el odio que se profesan la que iba a ser presidenta, Ana Martínez Vidal, y Franco es notorio en Murcia) y se cimenta en el transfuguismo inmoral de tres diputados (tenían un cuarto apalabrado por si uno de ellos se echaba atrás) que recuerda el tamayazo. Esta trampa urdida por García-Egea, con el sobrevalorado gurú de la Moncloa Iván Redondo en la inopia, le ha salido bien al PP, aunque haya sido a costa de desacreditar aún más la política y a los políticos y pese a que el futuro de Casado queda ya en manos de Ayuso y Abascal.
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