El chantaje del gallinero


Está claro que nuestro Gobierno no tiene vida fuera del conflicto. Cualquier iniciativa, cualquier proyecto de ley, cualquier propuesta de solución a los problemas reales de la gente provoca un incendio en el Consejo de Ministros. El desenlace es dispar. Unas veces, pocas, gana Unidas Podemos, pero vende la victoria como si se tratase del final de una guerra mundial. Otras veces gana el PSOE, pero lo dice con la boca pequeña, no se vayan a irritar los socios «con el mal perder que tienen». Y otras veces el motivo de litigio pasa a la carpeta de asuntos «que el tiempo resolverá». De estos últimos casos sabe bastante Irene Montero, cuyos anteproyectos (libertades sexuales, por ejemplo) se extravían entre su ministerio de la calle Alcalá y el recinto de la Moncloa.

Esta semana asomaron dos nuevos líos: el de la reforma laboral, que hasta ahora no se acometió por el desastre económico, y la Ley de Vivienda, capítulo alquileres. Sobre la reforma laboral creo que habrá acuerdo. Toca pelearla a dos gallegas, Nadia Calviño y Yolanda Díaz, que se miran de reojo, pero son mujeres razonables. Yolanda conoce la legislación laboral mejor que nadie y sabe que no se puede derogar. Se debe actualizar, pero no anular. Nadia es menos experta, pero es el paño de lágrimas de los empresarios y sabe que las reformas no deben espantar a los inversores. Por el momento, las separa la prioridad. Yolanda está en lo que pidan los sindicatos, por ejemplo los convenios de sector; Nadia está en lo más dramático, que es el paro juvenil, y en el desmadre de los modelos de contratación, que quiere reducir a tres: estable, temporal y de aprendizaje. Se trata de decidir prioridades, no de discrepancias de fondo. Llegarán a un acuerdo.

Mucho más complicado es el asunto de los alquileres. Pedro Sánchez, agobiado por la necesidad de pactar un Gobierno con Pablo Iglesias, aceptó el tope al precio de los alquileres en el acuerdo de coalición y ahora no puede negar lo firmado, pero tampoco puede dar un hachazo al sector inmobiliario. Bastante hundidos están todos los demás sectores, desde la hostelería a la automoción, para ahuyentar también a los inversores en ladrillo. El conflicto está en fase verbal, pero suena bélico: «línea roja infranqueable», «los pactos están para cumplirse» o «si los pactos no se cumplen, que Sánchez vaya buscando otros socios». Y ahí está la otra alianza: la de Podemos y sus amigos de la izquierda separatista.

Ante ello, la monserga periodística es la de siempre: vale que haya diferencias, porque son partidos y sensibilidades distintas.

No puede valer que el Gobierno pierda tanto tiempo en ponerse de acuerdo consigo mismo. Y no es de recibo este tono de amenaza que hace vivir bajo el chantaje permanente. Y no es solo un chantaje al jefe del Gobierno. Es un chantaje a todo el país. Que se entiendan o se vayan, leñe.

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