La invisibilización de los jóvenes

OPINIÓN

Jóvenes viendo un teléfono movil a la salida del instituto
Jóvenes viendo un teléfono movil a la salida del instituto PACO RODRÍGUEZ

23 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Recuenten el número de personas jóvenes con las que se cruzan a lo largo de cualquier día y compárenlo, haciendo memoria, con la misma muestra en un periodo inmediatamente anterior a la pandemia. Piensen en los espacios donde antes era usual compartir lugar con la población juvenil; en aquellos sitios en los que ahora ya no están o su presencia es mucho menos intensa. En el transporte público semivacío, en el centro comercial a medio gas, en las zonas con más presencia de bares y restaurantes o, no digamos, en los campus universitarios y su entorno. Con un acceso muy limitado al mercado laboral; sin posibilidad, en Asturias, de acudir al centro universitario; siguiendo, en una parte no pequeña, la enseñanza semipresencial con días enteros entre cuatro paredes; expulsados de sus entornos de ocio pre-pandemia (incluido el deporte informal y, aun en el federado, con restricciones en la competición); sospechosos habituales cuya reunión callejera se proscribe o se examina, presenciamos una retirada de los jóvenes del espacio público, que confirma, además, su alejamiento del espacio político y simbólico, más allá de su papel como reclamo publicitario estético.

Evidentemente, no es un objetivo perseguido de forma deliberada ni el resultado de ninguna conspiración que tenga por enemigo a este segmento de la población sino consecuencia no prevista de la pandemia y de las medidas dirigidas a combatirla, que han agudizado de improviso problemas precedentes y han hecho aparecer otros nuevos. Antes de la pandemia ya éramos un país envejecido (sólo 15% de población se encuadra en la cohorte entre 15 y 29 años), particularmente en el Noroeste (tasas que se reducen al 12% en Asturias), donde la población juvenil tenía una relevancia económica, social y política claramente secundaria, en este último caso acorde a su menor peso electoral y baja participación. Aun así, hasta la aparición del cisne negro pandémico, contaban con las vías de escape conocidas y con cierta capacidad de construirse, de formarse o de emprender; además del mero y envidiable hecho de disfrutar de ese periodo de la vida. A día de hoy, son blanco principal de la crisis social y, los que ya avanzan en la veintena, pueden incluso decir, como Ricardo Darín en El hijo de la novia, aquello de, «¿pero cuándo la Argentina no estuvo en crisis?» aplicado a nuestro propio país, porque para ellos ha habido prácticamente una continuidad entre la Gran Recesión de 2008-2013 y la depresión económica pandémica (y de la otra), en la que luchamos por mantenernos a flote.

Esa sensación de que el suelo tiembla bajo los pies, de la inseguridad permanente, es el ambiente en el que se cultiva la juventud actual. Por poner un punto de comparación, mi generación, no tan lejana a la suya, y a pesar de las dificultades de cada época, tiene su primer recuerdo político reconocible en la caída del Muro, contempló el avance generalizado del Estado de Derecho y la caída de dictaduras en medio mundo, asistió a la incorporación de continentes enteros al ritmo del progreso y creció en la confianza en el avance de los valores democráticos, la superación de las discriminaciones, y en el incremento del intercambio económico y cultural global, como poco hasta el ataque sobre las Torres Gemelas. En nuestro país, los nacidos en los 70 y 80 fuimos, quizá, la primera generación, y espero que no la última, que vivió todo su tiempo de tránsito a la madurez en algo parecido a la libertad; o, al menos, en la posibilidad tangible de conformarla. Habrá que dar testimonio, porque, de seguir esta pendiente involucionista, así expuesto en abstracto no resultará creíble cuando contemos que transitamos sin restricciones, atravesamos fronteras, emprendimos en el ámbito social y económico con expectativas reales de provocar cambios, discutimos, creamos y vivimos sin censuras ni grandes ataduras, e hicimos de cuando en cuando lo que nos dio por la real gana sin que, (algo importantísimo en contraste con el mundo de hoy) nos vigilaran, nos expusieran ni nos sintiésemos compelidos a exhibirnos sin reserva.