Recuenten el número de personas jóvenes con las que se cruzan a lo largo de cualquier día y compárenlo, haciendo memoria, con la misma muestra en un periodo inmediatamente anterior a la pandemia. Piensen en los espacios donde antes era usual compartir lugar con la población juvenil; en aquellos sitios en los que ahora ya no están o su presencia es mucho menos intensa. En el transporte público semivacío, en el centro comercial a medio gas, en las zonas con más presencia de bares y restaurantes o, no digamos, en los campus universitarios y su entorno. Con un acceso muy limitado al mercado laboral; sin posibilidad, en Asturias, de acudir al centro universitario; siguiendo, en una parte no pequeña, la enseñanza semipresencial con días enteros entre cuatro paredes; expulsados de sus entornos de ocio pre-pandemia (incluido el deporte informal y, aun en el federado, con restricciones en la competición); sospechosos habituales cuya reunión callejera se proscribe o se examina, presenciamos una retirada de los jóvenes del espacio público, que confirma, además, su alejamiento del espacio político y simbólico, más allá de su papel como reclamo publicitario estético.

Evidentemente, no es un objetivo perseguido de forma deliberada ni el resultado de ninguna conspiración que tenga por enemigo a este segmento de la población sino consecuencia no prevista de la pandemia y de las medidas dirigidas a combatirla, que han agudizado de improviso problemas precedentes y han hecho aparecer otros nuevos. Antes de la pandemia ya éramos un país envejecido (sólo 15% de población se encuadra en la cohorte entre 15 y 29 años), particularmente en el Noroeste (tasas que se reducen al 12% en Asturias), donde la población juvenil tenía una relevancia económica, social y política claramente secundaria, en este último caso acorde a su menor peso electoral y baja participación. Aun así, hasta la aparición del cisne negro pandémico, contaban con las vías de escape conocidas y con cierta capacidad de construirse, de formarse o de emprender; además del mero y envidiable hecho de disfrutar de ese periodo de la vida. A día de hoy, son blanco principal de la crisis social y, los que ya avanzan en la veintena, pueden incluso decir, como Ricardo Darín en El hijo de la novia, aquello de, «¿pero cuándo la Argentina no estuvo en crisis?» aplicado a nuestro propio país, porque para ellos ha habido prácticamente una continuidad entre la Gran Recesión de 2008-2013 y la depresión económica pandémica (y de la otra), en la que luchamos por mantenernos a flote.

Esa sensación de que el suelo tiembla bajo los pies, de la inseguridad permanente, es el ambiente en el que se cultiva la juventud actual. Por poner un punto de comparación, mi generación, no tan lejana a la suya, y a pesar de las dificultades de cada época, tiene su primer recuerdo político reconocible en la caída del Muro, contempló el avance generalizado del Estado de Derecho y la caída de dictaduras en medio mundo, asistió a la incorporación de continentes enteros al ritmo del progreso y creció en la confianza en el avance de los valores democráticos, la superación de las discriminaciones, y en el incremento del intercambio económico y cultural global, como poco hasta el ataque sobre las Torres Gemelas. En nuestro país, los nacidos en los 70 y 80 fuimos, quizá, la primera generación, y espero que no la última, que vivió todo su tiempo de tránsito a la madurez en algo parecido a la libertad; o, al menos, en la posibilidad tangible de conformarla. Habrá que dar testimonio, porque, de seguir esta pendiente involucionista, así expuesto en abstracto no resultará creíble cuando contemos que transitamos sin restricciones, atravesamos fronteras, emprendimos en el ámbito social y económico con expectativas reales de provocar cambios, discutimos, creamos y vivimos sin censuras ni grandes ataduras, e hicimos de cuando en cuando lo que nos dio por la real gana sin que, (algo importantísimo en contraste con el mundo de hoy) nos vigilaran, nos expusieran ni nos sintiésemos compelidos a exhibirnos sin reserva.

Para la juventud actual, por el contrario, es una constante la crisis económica, social, climática y ahora, sanitaria; y, aparejada a ésta, de convivencia, porque no pueden relacionarse normalmente con sus iguales (prioridad número uno a esa edad) y, encima, periódicamente, se les culpa o criminaliza. Esta crisis es, por ello, distinta, porque, al contrario de las anteriores, el distanciamiento social y el fuerte componente generacional que contiene, debilita los apoyos mutuos y las redes de solidaridad que, en otras etapas de flaqueza, nos permitían mantenernos en pie. También es diferente por la desarticulación política y ciudadana, secuela de la degradación del debate, de la pérdida de confianza en la acción colectiva y de la fragilidad de los movimientos sociales, acrecentada por la progresiva desaparición del espacio común. En la era del teletrabajo, la enseñanza en línea y la severisima limitación (no siempre proporcionada) por razones de salubridad de la reunión pública o privada, ya no hay plaza en la que protestar, escalinata universitaria en la que reunirse en asamblea, local asociativo en el que diseñar una estrategia o centro de trabajo en el que hacerse fuertes. En el caso de la población juvenil, el resultado de la inacción es el sorprendente silencio, radical se diría, ante la continuidad de la enseñanza universitaria no presencial; la ausencia de protesta ante la semipresencialidad cuando se aplica (son los padres y madres quienes actúan, no se ha visto una sola sentada a la puerta del instituto); la ausencia de respuesta social ante un rápido deterioro del mercado laboral (ya en el 38% de desempleo juvenil, y subiendo); e incluso la aceptación (salvo honradísimas excepciones) de una dinámica de estigmatización en los momentos de mayor dificultad en el cumplimiento de las medidas sanitarias. La causa de ello no es sólo una abnegada resignación en aras del bien común sanitario o una consciente aceptación de las reglas por entenderlas necesarias.

En un contexto en el que el juego de los intereses y presiones grupales tiene, hasta cierto punto, su impacto en la definición de las medidas, hay también, en esta mansa pasividad de los jóvenes, y en su dificultad para situar sus problemas y necesidades en la agenda de la reactivación, algo que se parece a la inerme sumisión. Docilidad emparentada con el miedo, quizá de efecto paralizador, que la reciente Encuesta sobre la salud mental de los españoles durante la pandemia de la Covid-19 del Centro de Investigaciones Sociológicas, ha revelado, situando su temor a la muerte por la enfermedad por encima del que expresan los propios mayores (23,4% dicen tenerlo en la población de entre 18 y 24 años y 21,2% en la población de más de 65 años); y posicionando el sentimiento de desesperanza, aquí más entendible, de manera más destacada en la población de entre 25 y 34 años (38% declaran albergarlo).

Los jóvenes, sin embargo, tendrían pleno derecho a, superando la zozobra, golpear la puerta como vaticinó Ibsen, e inquirir sobre la clase de prioridades que nos ha llevado hasta aquí y que, a lomos del endeudamiento, la insostenibilidad medioambiental, la estratificación social y la post-democracia, amenazan con robar el futuro a toda una generación. La ridiculización que, desde el adultocentrismo conservador, se hace de las escasas figuras juveniles con protagonismo político, tiene mucho de miedo al juicio de la historia y de los propios hijos. A que enarbolen nuevamente el eslogan más iconoclasta de 1968: «papá miente»; u otro de carácter similar que resuma las contradicciones en liza. Mientras no lo hagan, a la manera que corresponda en estos tiempos, no entrarán en la escala de prioridades del juego político, en el que, en términos de mercado, ese segmento de consumidores interesa poco si no es capaz de hacer que las placas tectónicas se muevan.

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

La invisibilización de los jóvenes