Parece un tópico, pero la realidad supera con creces a la ficción. En lo que a tiroteos y masacres se refiere, EE.UU. hace honor a su filmografía sobre violencia callejera. En una semana han tenido lugar dos tiroteos sangrientos perpetrados, presuntamente y a la espera de la confirmación de las investigaciones, por dos individuos desequilibrados. El primero tuvo lugar en Atlanta, donde un hombre asaltó tres centros de masaje en el que trabajaban mujeres de origen asiático. El resultado fueron ocho muertos, seis de ellos mujeres asiáticas, lo que dio pie a calificarlo como un asesinato racista. Algunas asociaciones han indicado que la violencia contra las personas asiáticas, especialmente mujeres, se ha visto incrementada en los últimos años, pero que ha pasado desapercibida tras los movimientos de protesta de los afroamericanos bajo el lema Black lives matter. Sin embargo, parece que el presunto asesino tenía problemas mentales, era un asiduo visitante de estos centros y que con su tiroteo quería evitar «ser tentado».
Seis días después, el lunes a las tres de la tarde hora local, otro hombre entró en un supermercado de Boulder, Colorado, y asesinó a diez personas, entre las cuales se encontraba el primer policía que atendió el aviso. Los dueños de las tiendas y supermercados no han tardado en señalar el clima de inseguridad y el número de ataques que llevan sufriendo desde hace años. Y es que en este estado ya afrontaron otros asaltos con bastantes muertes, entre los que destaca el de un cine en la localidad de Aurora en el 2012, con doce muertos, o el de un instituto en Columbine que se saldó con 15 muertos y más de 21 heridos en 1999.
Una vez más, el debate sobre el fácil acceso a las armas de fuego y la discusión sobre qué pesa más, el derecho a la autoprotección o la salvaguarda de vidas ante acciones asesinas, vuelve a estar sobre la mesa en un país donde la industria armamentística y la Asociación del Rifle han sabido mantener su posición, pese a los esfuerzos de numerosas organizaciones y políticos.
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