Las caídas del caballo

EVA ERCOLANESE

Entre las terapias más raras y eficaces que conoce la humanidad están las caídas del caballo, que, además de curar eivas que parecían irreversibles, producen cambios radicales -metanoias, decía Saulo de Tarso- en el proceso de la civilización. Lo malo es que no sirve cualquier caída del caballo, porque la mayoría son peligrosas y no avanzan nada. A Christopher Reeve, por ejemplo, le salió mal, aunque le sirvió para dar un grandioso ejemplo de cómo se puede asumir una desgracia extrema, a pesar de venir de un éxito también extremo. Pero cuando aparece un maestro que sabe aplicar esta técnica, en el momento oportuno y con total precisión, todo va de perlas, y es muy barato.

Claro que yo solo conozco dos casos en los que esta terapia funcionó, que dan poca base, como diría un científico, para sacar conclusiones. El primero fue el de Saulo de Tarso, que, cegado por una potente luz, en el camino de Damasco, cayó de su caballo, y, acto seguido, se levantó convertido, dejó de perseguir a los cristianos, se integró en sus rareadas filas -un tránsfuga, dirían Arrimadas y Gabilondo-, y, a pesar de hablar por referencias, porque fue el único apóstol que no conoció a Cristo, interpretó con tal maestría la historia de la salvación, que es, con mucha diferencia, el personaje más citado de todos los tiempos, cuando aún no había revistas como Science o The Lancet. Se trata, pues, del primer ensayo de esta terapia, que, a pesar de ser muy temprano, sigue siendo el paradigma más útil y exitoso en la generación de metanoias.

Pero la caída más reciente es la que experimentó Sánchez el viernes, cuando, subido al caballo Frankenstein, presentaba la candidatura de Gabilondo a la presidencia de Madrid. De repente, cegado por una luz que vino del cielo -o de San Iván Redondo-, experimentó una metanoia que le empujó a reescribir la historia del Gobierno progresista, y se puso a actuar como si se hubiese pasado con armas y bagajes -otro tránsfuga, supongo- al solar centrista que antes ocupaban Rivera y Arrimadas. Dijo que -en el caso de Madrid- el que quiera gobernar con el PSOE, en clave progresista, tiene que dejar los radicalismos (es decir, que no puede militar en ninguno de los partidos -populistas, independentistas, batasunos, y similares- que le mantienen a él en la Moncloa).

Porque lo que necesita Madrid -a juicio de Sánchez- es un gobierno centrado y progresista, sin extremismos, sin populistas, sin repúblicas y sin autodeterminaciones personales y territoriales, que, después de tantos años de poder popular, no ponga en peligro el milagro económico ni la transversalidad social, cultural y política de Madrid. Por eso quiero aclararle, por si usted no se había dado cuenta, que las mayorías Frankenstein solo son útiles y legítimas para situarle a él en Moncloa, pero que en absoluto sirven para gobernar bien en España o en Madrid. Y por eso quiero mostrar mi acuerdo con este Pedro de Tarso que acaba de caerse del caballo y luce, con elegancia, su sorprendente metanoia.

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