Semana Santa en tiempo de pandemia

OPINIÓN

FERNANDO VILLAR | Efe

01 abr 2021 . Actualizado a las 10:18 h.

La Semana Santa española, sublime e inigualable concentración de fe, sentimiento popular, cultura, organización ciudadana, patrimonio material e inmaterial, tradición y gastronomía, que llena por igual los templos, las calles y las playas, y que permite innumerables formas personales de disfrutarla, devino también, tras una ardua labor de siglos, en un imprescindible instrumento de promoción de nuestra imagen, y en un excepcional atractivo para la concentración de viajeros nacionales e internacionales que se ha convertido en un referente anual de nuestra economía, y en la oportunidad que aprovecha todo el Mediterráneo para abrir, tan temprano, la temporada alta.

Por eso se entiende que todos los implicados en la compleja actividad turística, como empresarios o demandantes de servicios, consideren que la suspensión de los actos y celebraciones de estos días, y las restricciones impuestas a los viajes de todo tipo, constituyen una enorme catástrofe económica, que, prolongada ya por dos años, merma nuestros ingresos y amenaza con un cambio de hábitos de consumo turístico que podría extenderse al medio y largo plazo. Y en este sentido conviene reconocer y lamentar esta tragedia, que, lejos de agotarse en las cifras de negocio, implica también a las personas y cofradías que, empeñadas en mantener e incrementar el capital religioso, patrimonial y estético de la Semana Santa, no pueden poner sus tronos y palios, ni celebrar sus liturgias, en las formas y en las calles acostumbradas.

Cosa distinta es lo que puede significar este momento para la esencia de la Semana Santa, que, concebida como una actividad estrictamente religiosa, sostiene y enriquece las actividades y el ambiente que le dan autenticidad y fuerza a este maravilloso ritual que, desde el siglo IV, se despliega cada primavera coincidiendo con la luna llena. Porque, desde esta singular perspectiva, es posible que estos dos años de carencia ritual y festiva estén sirviendo para valorar en sus justos términos lo que ahora echamos en falta; para depurar las impurezas que la monotonía adhiere a estos ritos y a esta cultura, y para renovar el sentimiento y la interpretación que hacemos, social e individualmente, de la compleja acumulación de creencias, estímulos y simbolismos que casi hemos llegado a creer que son así, y se presentan cada año, sin necesidad de esfuerzo y devoción, con la misma naturalidad y automatismo con que llegan el equinocio de primavera y su preciosa luna llena.

También puede servir para que, forzados por la necesidad y la nostalgia, volvamos a repasar las lecturas, la música, el arte, la historia y los escenarios en que todo esto sucede, reconocer la gran labor de creación y gestión que hemos hecho, y prometer un razonable regreso a la autenticidad y el respeto que tantas veces le perdemos a esas cosas que, con apariencia de milagro, siempre están ahí. El fuego prueba el oro, decían los clásicos. Y las pandemias y desgracias ponen a prueba la cultura y el tesón de los pueblos.