La mascarada de las mascarillas


El mundo entero lleva un año largo padeciendo la más grave pandemia global conocida desde la devastadora Gripe de 1918. Después de una respuesta inicial inevitablemente improvisada, dado el casi total desconocimiento científico del covid-19, fueron mejorando poco a poco tanto las medidas terapéuticas para tratar las diferentes y, en ocasiones gravísimas, patologías que el contagio provocaba, como las medidas preventivas que pronto reposaron en tres patas esenciales: distanciamiento social, higiene de manos y de objetos, y, de forma destacada, uso de mascarillas para frenar la expansión de unos contagios que se producían, sobre todo, a través de los llamados aerosoles.

Tras meses de ensayo y error en la búsqueda urgente de medidas para hacer frente a la pandemia y una depuración progresiva de los tratamientos médicos, tras un esfuerzo de los servicios sanitarios de dimensión descomunal y el giro sustancial que en la lucha contra el virus supuso la rápida aparición de varias vacunas de probada eficacia y seguridad, las medidas preventivas aludidas, y muy principalmente el uso de mascarillas, continúa siendo aún fundamental.

Y ello por una razón que es fácil de explicar: porque la dificultad para controlar las normas de distanciamiento social, salvo a través de las medidas radicales de confinamiento domiciliario, convierten las mascarillas (cada vez más seguras y asequibles) en el sistema más efectivo de protección contra el contagio. Entre otras cosas porque su uso en el espacio público es fácilmente controlable, tanto por las autoridades como por el resto de la sociedad, que afea ya de forma general la insolidaridad de quienes se niegan a cubrirse.

Por todos los motivos aludidos, el fiasco provocado por el Ministerio de Sanidad con la aprobación de una ley reguladora del uso de mascarillas que el propio ministerio prometió reformar ¡el mismo día de su entrada en vigor! resulta no solo increíble: es sencillamente vergonzoso. Un esperpento, como lo describía ayer en La Voz María Hermida en la información en que daba cuenta del ridículo espantoso del Gobierno.

Esa inaudita norma, redactada con la impericia e improvisación de quien estuviera haciendo frente a una pandemia que acaba de estallar y no a una que llevamos un año combatiendo, endurece hasta el extremo el uso de mascarillas en el exterior, pero no en los espacios cerrados, donde el peligro de contagio se multiplica, según lo saben ya hasta los niños de primaria. La metedura de pata ha sido de tal envergadura que uno de los más importantes investigadores españoles del covid-19 se refirió a la ley sobre las mascarillas de un modo que indica la necesidad de depurar responsabilidades en el seno del Gobierno: «¡Qué desastre!».

Un desastre que se une a todos los previos achacables al Ejecutivo, empezando por los que llevan el nombre de Fernando Simón, que ahí sigue, tras incontables meteduras de pata, tan contento, cantándonos la rianxeira del covid-19: «Onditas vienen, onditas vienen y van...».

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