Resurrección


Era Domingo de Resurrección, hace veinte años, en Palestina. Se celebraba una fiesta en el chalé que un diplomático tenía en el-Masioun, el barrio elegante, pero un tanto solitario, que hay junto a Ramallah, y yo fui con otros periodistas: Joan, de la prensa española, y Wafa, que era una stringer de una cadena de televisión norteamericana. Nos costó llegar porque había toque de queda y patrullas de soldados por todas partes; pero Wafa, que era una cristiana de Ramallah, conocía las rutas alternativas.

Iluminada con farolillos de colores y focos, sobre un pequeño otero, la villa del diplomático parecía un ovni aterrizado en el paisaje seco y somero de Cisjordania. Vestidos elegantemente, los anfitriones recibían a los invitados en la puerta. Extranjeros encorbatados bebían en el jardín. Dentro había una mesita con platos de hummus, de tehine, patatas fritas, frutos secos, vasos de plásticos y botellas ya mediadas. Sonaba música en el CD. Unos veinte invitados conversaban de pie o deambulaban como en una recepción. Varios chavales palestinos, posiblemente estudiantes de la Universidad de Bir Zeit, fumaban sentados en el suelo, mirando a las sofisticadas mujeres extranjeras en un silencio irónico.

Nos encontramos con varios compañeros de la prensa. Nos preguntaron por Mahmud. «No hemos podido verle. Está en coma. Susan se ha quedado allí esperando noticias». Mahmud era un ayudante de cámara amigo nuestro al que habían herido dos días antes en una refriega. Estaba en el Hospital Inglés, luchando por su vida. «Tiene mala pinta la cosa, le han operado ya dos veces, pero los médicos no creen que pueda recuperarse».

La fiesta fue como todas, salvo por un incidente. Serían las doce de la noche cuando se armó un alboroto fuera. Un vehículo consular que venía a la fiesta había atropellado a uno de los corderos que corrían indecisos por la carretera. Cuando llegamos, la escena estaba iluminada por un confuso claroscuro de faros de coche y linternas, como un cuadro del primer Rembrandt. Un pastor palestino y un diplomático europeo estaban agachados junto al animal, que aún vivía. El ojo aterrorizado de la pobre bestia, girando alrededor, casi se le salía de la órbita. «Qué lástima», murmuró Wafa.

El diplomático y el pastor discutían el precio a través de un intérprete. Al final acordaron una cantidad. Billetes de dólar cambiaron de mano mientras el animal moría. Entonces se planteó la cuestión de qué hacer con el cordero. El diplomático no lo quería, aunque ahora era legalmente suyo. El pastor insistía en que tenía que quedárselo. Para él, era una cuestión de dignidad. El diplomático tuvo que ceder, y entre varios ayudamos a meter el animal en el maletero del coche. No cabía. Las patas se salían por fuera. El diplomático rezongaba y se fue directo a pedirse un gin-tonic.

Nosotros también volvimos a la fiesta. En un momento determinado, Wafa me advirtió de que tenía la camisa manchada de sangre. Era verdad. Me fui a lavar y cuando volví seguimos la conversación. De vez en cuando, la mirada se me iba al maletero del coche, donde el animal parecía ahora una estampa de Van Eyck en un entorno incongruente.

El camino de vuelta se nos hizo largo, dando tumbos, medio perdidos por los caminos de cabras. Respiramos aliviados cuando vimos las luces amarillas de Beit Hanina. Cuando llegué a casa eran las cuatro. En el contestador automático parpadeaba la luz roja. Cuando lo encendí sonó la voz de Susan. «Ha salido». Su voz era casi inaudible porque le temblaba de la emoción. «Mahmud ha despertado del coma». Sonó un pitido y se hizo silencio sin preguntas ni respuestas.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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