Entre Ayuso y Gabilondo


La apuesta de Casado, que encomendó el liderazgo del bloque liberal-conservador a una chica pija, de apariencia débil y caprichosa, que luce su ideología como si fuese bisutería de lujo, no es más extraña ni arriesgada que el órdago de Sánchez, que otorgó la jefatura del bloque social-populista a un fraile católico, más conservador que Balmes, que rumia sus contradicciones al amparo de una acartonada seriedad que el PSOE confunde con un mérito político. Gabilondo y Ayuso llegaron a donde están porque sus jefes de filas necesitaban más fidelidad que iniciativa: Ayuso, para evitar que surgiese un liderazgo alternativo antes de que Casado se hiciese con los mandos del PP; y Gabilondo, para evitar que el populismo de izquierdas consolidase el liderazgo de Carmena, quien, a pesar de ser la política más ineficiente que tuvo la estepa castellana, estuvo a punto de llevar al PSOE de Madrid a la pura irrelevancia.

Así se explica que la batalla de Madrid, en vez de exhibir las formas de una tragedia de Sófocles, sea un sainete de Arniches, capaz de convertir el debate de las dos Españas de hoy en una catarata de carcajadas y frases de doble sentido. Y también así se entiende que los ciudadanos, en vez de estar intrigados por el recorrido que les queda a las atrabiliarias mayorías de Sánchez y a la reactiva oposición de Casado, reduzcan el suspense a saber si la victoria electoral cae del lado de la hermosa dama de los vivos colores o del grisáceo fraile de la triste figura.

Lo único que no era previsible es que a Ayuso le saliese una extraña vena de autoridad e iniciativa que obligó a los dos bloques a apostar todas sus fichas a un solo color, tras haberse reservado el centro del escenario, y haber relegado a Gabilondo al papel de aspirante inexperto con dos frentes endiablados: el de combatir la propuesta de Ayuso -que es la que de verdad le gusta- y el de quitarle a Iglesias la llave de una hipotética mayoría de izquierdas que pudiese servir para ningunear al propio Gabilondo y abrir un nuevo frente contra Sánchez. Por eso no es tan fácil saber a qué resultado aspira cada bloque.

Casado, que tiene asegurada la victoria electoral, necesita completarla con una mayoría efectiva, que convierta a Ayuso en la dueña de Madrid, y que, más allá de su evidente incertidumbre, puede depender de Vox y Ciudadanos. Porque la sola victoria electoral, por grande que sea, no modificaría el complicado escenario en que se mueve el PP. Y lo que Sánchez necesita es que las elecciones descarrilen a este desgarbado Iglesias que aún no le deja dormir. Por eso cabe pensar que el PSOE celebraría su propia derrota si Madrid le corta la coleta a Iglesias; y que lamentaría mucho su victoria si Gabilondo deviene en un presidente marioneta y Madrid se convierte en escenario de una guerra incivil entre las izquierdas. Y todo porque la derecha creó una líder pija, pero poderosa, mientras el socialpopulismo se puso en manos de un fraile católico, al que Iglesias considera un simple monaguillo. Amén.

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