Alerta, lenguaje guerracivilista


Cuantas más veces veo las imágenes de los sucesos de Vallecas, más violentas me parecen. Cuantas más declaraciones, con frecuencia impúdicas, oigo de políticos comentando los hechos, más me alarman su cinismo, su parcialidad, su falta de llamada al sosiego y, por tanto, su instigación al enfrentamiento. Y no quiero ni pensar en cómo deben estar las redes sociales, cuyos contenidos no frecuento por higiene mental.

Como suele ocurrir después de estos lamentables episodios, se suscita un debate que sistemáticamente tiene las mismas características. Se trata de sentenciar qué bando provocó más, cuál es el culpable de la violencia, quién ha sido más agresivo y cómo fue la actuación policial. Dejémonos de interpretaciones artificiales, porque todos sabemos cómo se producen estas cosas. Cuando un partido decide acudir a un territorio en principio hostil, lo hace por valentía, sin duda, y porque lo ampara el derecho a la libertad de expresión y manifestación, pero también como un desafío, aunque lleve el calificativo de patriótico. Lo vimos muchas veces en Cataluña y en el País Vasco. Los viajeros son los partidos más españolistas, que piensan que así defienden a la patria. Y van preparados para todo tipo de reacciones. No pueden alegar sorpresa.

Al otro lado están los que se consideran provocados y quieren defender su teórico territorio. No están dispuestos a pasar la «vergüenza» de que los invasores se adueñen de una plaza o de una calle y, encima, se lleven como trofeo votos que consideran de su propiedad. Los que acuden a defender el territorio no son precisamente los más pacíficos ni los más dialogantes. Son los partidarios de la gresca, que acuden con piedras en la mochila. Si los antidisturbios no son como los Mossos d'Esquadra en Cataluña, expertos en mantener a distancia a los dos bandos, el conflicto estalla seguro. Es lo que ocurrió en Vallecas y tienen razón los policías: sus mandos políticos no supieron prever ese riesgo. Resultado, una veintena de agentes heridos.

Con todo, lo más preocupante es el lenguaje que se utiliza antes, en y después de los hechos. Es un lenguaje guerracivilista. Está en cualquiera de los durísimos relatos de Chaves Nogales. Parece arrancado de los panfletos del entorno del 36. Ya es habitual hablar de fascistas y antifascistas. Ya se invocan acciones contra el comunismo.

Y ese lenguaje ya empieza a entrar en los medios de comunicación, en debates televisados y en la terminología de representantes políticos. Se está jugando con fuego. Se está falsificando la realidad social. Se están arruinando los valores de la construcción democrática, que han sido la concordia, la convivencia y la reconciliación. Y eso no lo promueven los supervivientes del franquismo ni quienes han sido sus víctimas. Lo promueven quienes ignoran lo que ha costado construir la democracia en este país.

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