Matar a Bosé


Miguel Bosé le ha dado a la televisión en España algunos de sus grandes momentos, empezando por los tiempos en los que cantaba Supermán con un pañuelo colgando del bolsillo trasero del pantalón. El cantante se prodiga poco, pero marca el reloj de su carrera con apariciones que son hitos en su camino. Y muchas de ellas encajan con los renaceres por los que ha pasado quien reviste de liturgia los altibajos de la vida y dice ser un ave fénix que resurge de sus cenizas cada mañana. Una de esas entrevistas fue la que le hizo Mercedes Milá en TVE en 1986. Era el día de su 30.º cumpleaños y en torno a él crecían rumores de enfermedad cuando el sida era máxima actualidad. Bosé reapareció ufano y lozano y Milá, obnubilada ante aquel ser genéticamente perfecto, pletórico de salud: «Se te nota», decía mirando con arrobo al hijo del torero. Pero los chismes nunca desaparecieron porque Bosé ha sido y es odiado y amado en proporciones parecidas. Siempre hubo ganas de matar un poco a Bosé. Años más tarde creció un nuevo runrún que lo situaba muerto, o en fase terminal, en un hospital madrileño. De nuevo Milá hizo el que aún a día de hoy considera su programa más redondo, uno dedicado a rastrear y desmentir el bulo que recorría el país. Media España suspiró aquella noche al verlo vivo en el televisor. Hoy, a sus 65 años recién cumplidos y en medio de esta pandemia que él niega, la mitad del país espera contemplar junto a Jordi Évole a un loco ajado por el tiempo y trastornado por sus delirios conspiranoicos. Tantos años después ahora la fuente de los bulos es él mismo.

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