España y su historia

OPINIÓN

Santi M. Amil

13 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Mañana, 14 de abril, hará 90 años que, tras el inequívoco resultado de las elecciones municipales celebradas el día 12, las calles y plazas de toda España se llenaron de personas cargadas de entusiasmo que celebraban la proclamación de la república. Se formó un gobierno provisional de coalición presidido por un católico liberal, Niceto Alcalá Zamora, que había sido ministro con Alfonso XIII. El ministro de Gobernación era otro republicano demócrata, pero conservador, Miguel Maura. Solo tres de los 11 ministros eran socialistas: uno de ellos, el institucionista y catedrático de universidad Fernando de los Ríos; otro, el asturiano Indalecio Prieto; y el tercero, el sindicalista Francisco Largo Caballero, que había sido miembro del Consejo de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera. Los tres eran moderados. Evidentemente, no había ningún ministro del minúsculo Partido Comunista, ni lo habría en toda la república hasta comenzada la guerra civil.

La república había llegado como consecuencia de una verdadera marea social que, tras el perjurio de Alfonso XIII en 1923, cuando violó la Constitución al no convocar elecciones tras el nombramiento del general Primo de Rivera como presidente del gobierno y la disolución de las Cortes, quiso cambiar de régimen para que se estableciese una verdadera democracia y se realizase la añorada regeneración del país, la política reformista que la monarquía había frenado durante décadas. Inspirados por el regeneracionismo de Costa y la fe en la educación de la Institución Libre de Enseñanza, los republicanos iniciaron un ambicioso programa de reformas, que pretendió acabar con el analfabetismo, promover la investigación científica, mejorar las condiciones laborales, poner en marcha la reforma agraria, modernizar un ejército caro e ineficaz, hipertrofiado de jefes y oficiales, separar la Iglesia del Estado, descentralizar la administración y permitir la creación de comunidades autónomas, y lograr la igualdad de la mujer.

La Constitución de 1931, con defectos, como todas, pero democrática y avanzada, consagró la igualdad de las mujeres en términos que incluso hoy nos parecen muy modernos: «No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas», decía el artículo 25; «Todos los españoles, sin distinción de sexo, son admisibles a los empleos y cargos públicos según su mérito y capacidad, salvo las incompatibilidades que las leyes señalen», el 40; «La familia está bajo la salvaguardia especial del Estado. El matrimonio se funda en la igualdad de derechos para ambos sexos, y podrá disolverse por mutuo disenso o a petición de cualquiera de los cónyuges, con alegación en este caso de justa causa. [...] Los padres tienen para con los hijos habidos fuera del matrimonio los mismos deberes que respecto de los nacidos en él. [...] No podrá consignarse declaración alguna sobre la legitimidad o ilegitimidad de los nacimientos ni sobre el estado civil de los padres, en las actas de inscripción, ni en filiación alguna. El Estado prestará asistencia a los enfermos y ancianos, y protección a la maternidad y a la infancia, haciendo suya la Declaración de Ginebra o tabla de los derechos del niño», en el 43. El 36 había establecido: «Los ciudadanos de uno u otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes». En este país desmemoriado, en el que por determinados políticos y medios de comunicación se manipula sistemáticamente la historia, es necesario recordar que ese artículo se aprobó gracias a la brillante defensa de Clara Campoamor y a los votos del PSOE movilizados por Largo Caballero, que lo apoyó. Es cierto que Prieto y algunos republicanos de izquierda se opusieron porque creían que las mujeres, poco formadas, votarían a las derechas, pero, en aquel parlamento, el sufragio femenino nunca hubiera sido aprobado sin el apoyo de la mayoría de los diputados de izquierda y, especialmente, del PSOE, el primer grupo parlamentario.