Entre la libertad y la lapidación


Por primera vez, salvo en el tema de los desahucios, estoy de acuerdo con Ada Colau. Cada uno tiene sus razones para estar en las redes sociales o para salir de ellas, pero las aducidas por la alcaldesa de Barcelona para salir de Twitter con un millón de seguidores seguro que son compartidas por mucha gente: Twitter deforma la realidad, está lleno de perfiles falsos que intoxican e incitan al odio y no permite hacer buena política. La señora Colau cree, además, que muchos de sus contenidos son pagados por la extrema derecha, detalle francamente discutible, porque no hay partido que no tenga un aparato organizado para gestionar las redes y utilizarlas para el ataque y su defensa. Twitter, en este sentido, es un campo de batalla.

Ante esta red y las demás existen infinitas teorías políticas y comunicacionales. Baste decir que prácticamente no hay una semana en la que no se publique un libro que entra en sus interioridades, hace análisis sociológicos y políticos y practica tanto defensas apasionadas como ataques radicales. Tanta literatura da idea de la trascendencia del fenómeno, que me atrevo a calificar como histórica, porque ha supuesto una auténtica revolución en las comunicaciones. Para muchos, la verdadera libertad de información está en las redes, porque no hay una ideología impuesta, quien quiere opinar lo hace con arreglo a sus exclusivos criterios y no existe la corrección política que, para autores como Darío Villanueva en su último libro Morderse la lengua, puede ser una forma de censura.

Sobre su utilidad, basta saber que multitud de personas, organizaciones sociales e incluso instituciones políticas utilizan las redes como mecanismo habitual de relación con la sociedad o para difundir sus propias noticias. El ejemplo extremo fue el de Donald Trump, que gobernó a golpe de tuits y ha sido su principal canal para difundir su propaganda y sus mentiras. Y ahora estamos viendo cómo los candidatos a la Comunidad de Madrid utilizan las redes para hacerse publicidad, bordeando peligrosamente los límites de la norma electoral.

Yo estaría dispuesto a sumarme a quienes defienden que las redes, singularmente Twitter, son el escenario ideal de la libertad de expresión si se diera una circunstancia: que quienes las usan lo hicieran identificados con nombre y apellido, a rostro descubierto, y no ocultos en seudónimos o nombres falsos. Si esa circunstancia no se da, tiene razón Ada Colau: son perfiles o identidades falsas que intoxican y demasiadas veces incitan al odio. Como se ve, la franja que separa la libertad ideal del peligro público es muy pequeña, pero existe. Y se juega con una tremenda injusticia: personas conocidas e identificadas son criticadas, injuriadas y a veces calumniadas por personas cuya identidad y motivación se desconoce. Y eso, que me perdonen, no es libertad. Eso es lapidación.

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