Identidades y valores. Y sus palabras

El popular Teodoro García Egea
El popular Teodoro García Egea

No sé para qué se hacen elecciones. La izquierda beneficia los intereses de la mayoría y la derecha perjudica los intereses de la mayoría. Como la gente vota según sus intereses, las elecciones son superfluas, ya se sabe que la mayoría es de izquierdas. La izquierda tiende a hablar como si se creyera esto. Cuando la izquierda está en el poder, la emoción que transmite es el entusiasmo más que la esperanza. La esperanza implica incertidumbre y, por tanto, actitud escrutadora; e implica expectativa de cambio. El entusiasmo, sin embargo, es el disfrute de haber logrado lo deseado y no impulsa al cambio ni estimula la actitud de buscar la quinta pata al gato. La izquierda no lo dice pero actúa como si creyera que su mera llegada al poder es ya la transformación deseada. Pero la mayoría no cree que eso sean sus intereses. Por eso muchas veces el discurso de la izquierda tiene un acento raro, como de no ser de aquí, y la mayoría acaba creyendo que la izquierda no está beneficiando sus intereses. Hay otro error mayor. La premisa mayor es falsa, la gente no vota por sus intereses. Vota por lo que la identifica y por sus valores, muchas veces contra sus intereses.

En una viñeta de Mafalda, su padre se deshace en pantomimas y onomatopeyas bobaliconas para hacer reír a Guille. El pequeño, con el chupete en la boca, se limita a quedarse mirando para su padre y acaba haciéndole ese gesto argentino de juntar las yemas de los cinco dedos mientras se balancea la mano pidiendo un poco de madurez. El padre queda chafado, porque es más potente la identificación con el gesto adulto de Guille que con la actuación infantil del padre. De eso va la opinión pública. Las elecciones de Madrid no son lo más importante que está pasando, pero sí el escenario en que los partidos se están mostrando y el contexto de casi todo lo que dicen. Y la derecha dice «comunismo» muchas veces, a veces en expresiones tan forzadas y chistosas como la de Egea al hablar de «la visión comunista de la política» de Yolanda Díaz (lo más inteligente que sale de la boca de este hombre son los huesos de las aceitunas; cuando cambia los huesos por palabras decae). Y la izquierda está diciendo más que nunca la palabra «fascista», que no se oía tanto desde aquellas sesiones de la transición cuando Letamendía se lo gritaba a Fraga y Landelino Lavilla echaba canas intentando mantener el decoro parlamentario. No seamos ecuménicos ni equidistantes. No es lo mismo una cosa que otra. La derecha dice comunismo para distraer. La izquierda dice fascismo para denunciar. No hay comunismo pero sí hay veneno fascista en el sistema. Y bien financiado. La cuestión no es la verdad. La cuestión es la de siempre: la palabra, la identidad y los valores.

El fascismo es nocivo en cualquier dosis y hay amenaza fascista. La amenaza no es que pueda ganar las elecciones un partido fascista, sino que parte de su maldad se filtre en el humor de la convivencia y en las instituciones. Hay señales evidentes. Veamos. En Madrid podría formarse un gobierno con presencia directa de la extrema derecha. La Iglesia en sí misma no es ese conjunto de grupos fanáticos fundamentalistas que andan por su subsuelo. Pero esos oscuros grupos ultracatólicos son su I+D, los sótanos donde se ensaya y madura el vocabulario y las tácticas de odio y exclusión que acabarán calando en el discurso de la Iglesia oficial (y que tienen parques temáticos, como el de Covadonga cada 8 de septiembre). Se normaliza que se pueda proponer la deportación de un español por ser negro (¿adónde sería esa deportación?), que haya que pedir a los diputados de ultraderecha que no se rían cuando se dan cifras de mujeres asesinadas o que se quiera llevar la censura católica a los colegios.

Se predica con éxito parcial un tipo de ignorancia que no consiste en manejar la historia y la ciencia con datos falsos, sino en el convencimiento de que no hacen falta datos ni conocimiento para tener las ideas claras sobre historia y ciencia. La medida de la polarización la da la impunidad que concedemos a quienes piensen como nosotros y a la ceguera total sobre las faltas de los nuestros. En Madrid el PP se ufana de la cerrazón de sus trincheras exhibiendo en sus listas a imputados de asfixiantes tramas delictivas y a candidatos ilegales. Son, pues, evidentes las señales del mal fascista, dicho sea sin entrar en esos tiquismiquis teóricos que tanto gustan a la izquierda sobre qué es y no es el fascismo. Es obvio que no es igual Mussolini que Franco, ni Franco que Pinochet. Pero sus coincidencias son tan contundentes que me aburre el juego de las siete diferencias entre ellos. La izquierda debería aprender de Ortega Smith. Él abraza sin reparo a los tres, y públicamente, porque él no enreda en sutilezas teóricas y sabe lo fundamental, que es que ellos, sus seguidores y los que añoran 26 millones de fusilamientos en España son los suyos.

La cuestión es que las palabras, sobre todo si se repiten demasiado, no siempre acercan a la cosa a la que se refieren. Las palabras son tan prácticas que pueden hacernos olvidar lo que dicen. ¿No confundo yo las palabras corzo y ciervo sabiendo que no son sinónimas porque ni sé ni me importa la diferencia?  ¿Quién se acuerda ya de que el símbolo masculino es el escudo y la lanza del dios Marte y el femenino es el espejo de Venus? Es un error habitual en la izquierda argumentar con el nombre de las ideologías, dando como aval de sus propuestas el hecho de que son de izquierdas y atacando las de los oponentes diciendo que son de derechas. O que son fascistas. Como si en eso se identificaran las mayorías.

La ideología, como la buena educación o el sentido de humor, tiene que exhibirse sin nombrarse, eso es la transversalidad (y no la ausencia de ideología). Xandru Fernández dijo esta semana que, si no podemos convencer a la mayoría de que Vox predica la violencia racial, no vamos a ser más convincentes diciendo que son fascistas. Al Gore quiso suceder a Clinton con un programa más favorable para las mayorías que el neoliberalismo rapaz de los neocon representados por Bush. Pero Gore daba lecciones y Bush se parecía más en su forma de hablar a la gente. Era una ricachón, pero la gente sentía más semejanza con quien les hablaba como hablaban ellos, aunque fuera un niñato hijo de papá.

Lo sustantivo es denunciar a quien menosprecia la violencia sobre las mujeres, predica odio contra gente humilde por su raza o su acento y quiere acentuar el privilegio de los privilegiados. Más que convencer qué tiene de fascista lo que dice y hace Vox y cuánto de ello hay en el PP, hay que insistir en que quien promete bajadas de impuestos lo que promete es bajadas de impuestos a los más ricos a costa de los servicios públicos de la mayoría y la protección de los más débiles. La extrema derecha basa su propaganda en aspectos parciales sesgados que generen identificación. La corrupción, el parasitismo y la mediocridad de los escupidores de huesos de aceitunas es visible e insultante. La idea de la España que trabaja y madruga busca esa identificación basada en tener parte de razón. La idea de libertad dicha a una población agotada de restricciones encaja bien con su estado de ánimo.

Cuesta transmitir que el fascismo es fractal, que está entero e idéntico en cada una de sus partes y que cada cosa en la que tienen parte de razón es un pasillo que conduce siempre al mismo salón de maldad. No se puede mencionar la ideología como argumento, pero tampoco obviar que cada episodio es la parte de un todo que debe ser señalado. Quizás fascismo sea una palabra más encubridora que ultraderecha. El discurso de la izquierda no puede ser un conjunto de reacciones airadas a las provocaciones de una derecha asilvestrada. Si tiene algo que proponer, que se oiga. Si está en el poder, que se haga y se vea, que los salarios mínimos vitales se paguen y que las leyes mordaza se deroguen. Y con respecto a los números de niñata de Ayuso, sus vermús, su cartilla para el no nacido, su libertad para macarras pijos y sobre las bufonadas de sus amigos ultras, basta la actitud de Guille. Al final los adultos reaccionan como adultos cuando se les habla como adultos.

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