Identidades y valores. Y sus palabras

OPINIÓN

El popular Teodoro García Egea
El popular Teodoro García Egea Mariscal | efe

17 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

No sé para qué se hacen elecciones. La izquierda beneficia los intereses de la mayoría y la derecha perjudica los intereses de la mayoría. Como la gente vota según sus intereses, las elecciones son superfluas, ya se sabe que la mayoría es de izquierdas. La izquierda tiende a hablar como si se creyera esto. Cuando la izquierda está en el poder, la emoción que transmite es el entusiasmo más que la esperanza. La esperanza implica incertidumbre y, por tanto, actitud escrutadora; e implica expectativa de cambio. El entusiasmo, sin embargo, es el disfrute de haber logrado lo deseado y no impulsa al cambio ni estimula la actitud de buscar la quinta pata al gato. La izquierda no lo dice pero actúa como si creyera que su mera llegada al poder es ya la transformación deseada. Pero la mayoría no cree que eso sean sus intereses. Por eso muchas veces el discurso de la izquierda tiene un acento raro, como de no ser de aquí, y la mayoría acaba creyendo que la izquierda no está beneficiando sus intereses. Hay otro error mayor. La premisa mayor es falsa, la gente no vota por sus intereses. Vota por lo que la identifica y por sus valores, muchas veces contra sus intereses.

En una viñeta de Mafalda, su padre se deshace en pantomimas y onomatopeyas bobaliconas para hacer reír a Guille. El pequeño, con el chupete en la boca, se limita a quedarse mirando para su padre y acaba haciéndole ese gesto argentino de juntar las yemas de los cinco dedos mientras se balancea la mano pidiendo un poco de madurez. El padre queda chafado, porque es más potente la identificación con el gesto adulto de Guille que con la actuación infantil del padre. De eso va la opinión pública. Las elecciones de Madrid no son lo más importante que está pasando, pero sí el escenario en que los partidos se están mostrando y el contexto de casi todo lo que dicen. Y la derecha dice «comunismo» muchas veces, a veces en expresiones tan forzadas y chistosas como la de Egea al hablar de «la visión comunista de la política» de Yolanda Díaz (lo más inteligente que sale de la boca de este hombre son los huesos de las aceitunas; cuando cambia los huesos por palabras decae). Y la izquierda está diciendo más que nunca la palabra «fascista», que no se oía tanto desde aquellas sesiones de la transición cuando Letamendía se lo gritaba a Fraga y Landelino Lavilla echaba canas intentando mantener el decoro parlamentario. No seamos ecuménicos ni equidistantes. No es lo mismo una cosa que otra. La derecha dice comunismo para distraer. La izquierda dice fascismo para denunciar. No hay comunismo pero sí hay veneno fascista en el sistema. Y bien financiado. La cuestión no es la verdad. La cuestión es la de siempre: la palabra, la identidad y los valores.

El fascismo es nocivo en cualquier dosis y hay amenaza fascista. La amenaza no es que pueda ganar las elecciones un partido fascista, sino que parte de su maldad se filtre en el humor de la convivencia y en las instituciones. Hay señales evidentes. Veamos. En Madrid podría formarse un gobierno con presencia directa de la extrema derecha. La Iglesia en sí misma no es ese conjunto de grupos fanáticos fundamentalistas que andan por su subsuelo. Pero esos oscuros grupos ultracatólicos son su I+D, los sótanos donde se ensaya y madura el vocabulario y las tácticas de odio y exclusión que acabarán calando en el discurso de la Iglesia oficial (y que tienen parques temáticos, como el de Covadonga cada 8 de septiembre). Se normaliza que se pueda proponer la deportación de un español por ser negro (¿adónde sería esa deportación?), que haya que pedir a los diputados de ultraderecha que no se rían cuando se dan cifras de mujeres asesinadas o que se quiera llevar la censura católica a los colegios.