Juan Marsé, en su novela Rabos de lagartija, que a nuestro entender sumó críticas muy elogiosas más por el autor que por el texto, recoge al inicio cuatro sentencias, una de ellas de Nietzsche, la que dice: «No comprendo para qué se necesita calumniar. Si se quiere perjudicar a alguien lo único que hace falta es decir de él alguna verdad».

En el erial ético que los cenáculos de opulentos acaudalados y las feroces bandas políticas están dejando al país, habremos de procurar aplicar la reflexión nietzscheana a la tal vez hoy más conspicua representante de una de esas bandas, Isabel Díaz Ayuso.

Con brevedad para que «alguna verdad» de Díaz Ayuso no se difumine en un bosque verbal, partiremos de una definición de ética en nada subjetiva ni ideologizada, la que subraya, por encima de cualesquiera otras consideraciones y que el lector conozca de inmediato en qué nos fundamentamos para revelar «alguna verdad», que la ética se ocupa, en primerísimo lugar, del «cuidado de los cuerpos», de su salud, de su vida.

Primera verdad

La evidencia científica, fuera a estas alturas de conjeturas, demuestra que el SARS-CoV-2 se contagia sobremanera por los aerosoles que se expulsan al respirar y emitir sonidos. De hallarse las personas en un recinto cerrado, la transmisión se amplifica, motivo del cierre de los interiores de bares y restaurantes cuando los contagios son elevados.

A diferencia del resto de las comunidades (y de los países europeos), Ayuso abrió la hostelería de par en par hasta las 11 de la noche. Que La Rioja o Navarra, por ejemplo, presenten de tanto en tanto índices de incidencia mayores, o el País Vasco o Cataluña, no desmantela el factor «de par en par», puesto que las vías de contagio son muchas.

La consideración a hacer al respecto es hasta dónde llegaría la curva de esas regiones de no haber restringido la actividad de los bares. Y también por qué Madrid estuvo siempre, desde marzo del 2020 hasta hoy, en el grupo de cabeza de autonomías más sacudidas, o por qué sus UCI alcanzan el 46% de ocupación, la más elevada de España, la más impía. Tres datos más en línea con esta herejía humanística: a) siendo la tercera comunidad por población, Madrid es la primera en muertos; b) la probabilidad de sucumbir al virus es más del 50% superior en esta última que en las dieciséis restantes, y c) con diferencia en relación a estas dieciséis, los ancianos de las residencias madrileñas sucumbieron en números aterradores (rebasó los 20.000), a lo que no es ajeno el Gobierno Ayuso al prohibir su traslado a los hospitales.

Esto es, la presidenta madrileña ha generado un dolor añadido a los «cuerpos» en beneficio de una actividad laboral muy cercana a la que había en 2019 y que, en consecuencia, contiene la sombra del negacionismo. Dos presidentes han despreciado en los términos no tan disímiles la virulencia de la pandemia, Bolsonaro y Trump, a cuya altura se sitúa una Isabel Díaz Ayuso cuyo encaje político es menos al PP que al Vox que duda de la amenaza a muerte a Pablo Iglesias.

Segunda verdad

Amparándose en la desinformación y la difamación, que son dos de los «pecados capitales» del orbe presente, que ha entrado en una cornucopia de delirio colectivo, Ayuso roba la palabra «libertad» para confrontarla a la «comunista», retrotrayendo los comicios a la Guerra Civil, desnudando así su filia a los golpistas del 36, tan amados por Rocío Monasterio y los suyos.

El comunismo no va a dirigir ni Madrid. La libertad ultra, sin embargo, está a un paso. Libertad ultra: para las fortunas, liberadas de los impuestos que los derechos de los ciudadanos les son exigibles; para que la sanidad pública no pare la transfusión de dineros a la privada; para que los menesterosos no molesten; para crear redes clientelares (mismamente Ayuso con su familia), y para que, en fin, acrecentar la influencia de la Conferencia Episcopal (en el libro póstumo del escritor catalán y antinacionalista citado al comienzo del primer párrafo, Notas para unas memorias que nunca escribiré, Lumen, 2021, Marsé anota: «Estos días, leyendo en la prensa las desvergonzadas declaraciones de monseñor Rouco y sus obispos acerca de los derechos de la Iglesia, se me viene a la boca toda la pringue y a las narices toda la mugre de sacristán de los años cuarenta y cincuenta, cuando estos miserables llevaban ufanos a Franco bajo palio. Toda la pringue y toda la mugre del nacionalcatolicismo, que Satanás se lleve», pág. 181 de 441; este deseo nosotros lo prorrogamos a los actuales obispos fascistoides, entre ellos el de Oviedo, Sanz Montes, y su incondicional, de él y de Ayuso, alcalde Canteli).  

Tercera verdad

La presidenta afirmó que «no está demostrado científicamente» que la contaminación en las ciudades perjudique la salud. Esta afirmación es llanamente una maldad. Pero la maldad está en el Espíritu Santo que guía a esta derecha (Pablo Casado incluido) hacia el extremo de la abyección, capacitada ya para socavar las verdaderas verdades, por muy simples que sean.

Cuarta Verdad

Con rostro de hielo, inexpresivo, y con labios lanzando cicuta, Ayuso alcanzó la cumbre de la vileza al proclamar que, si de ella dependiese, el cien por cien de los residentes en Madrid ya estarían inmunizados. No obstante, un engendro en sí no es una amenaza vital, pero este engendro concreto (Ayuso) sí lo es por la chusma que lo sigue hacia esa cumbre, y de fijarse un poco más, verá que los sujetos que ascienden tras su Virgen María están decapitadas.   

(La clase política, en general, en el mundo, ni es política ni tiene clase). 

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Ayuso desde Nietzsche