Hacia el estado de desconcierto

Ernesto Sánchez Pombo
Ernesto S. Pombo EL REINO DE LA LLUVIA

OPINIÓN

Por mucho que lo intentemos, será difícil que alcancemos un acuerdo sobre la conveniencia o no del estado de alarma. Es tan complejo que quienes hace semanas lo despedazaban, votando en su contra o calificándolo de «estado de excepción», pelean ahora por su continuidad. No resulta fácil saber si es lo más acertado, pero sí sabemos que hay que disponer de una normativa clara, de unos instrumentos jurídicos, para no entrar en un estado de desorden y desbarajuste. 

Porque, de no remediarse la situación, en unos días abandonaremos las restricciones que tenemos, sin saber hacia dónde nos encaminamos y dejando la gestión al amparo del destino. Regresamos al pasado año, entre junio y octubre, cuando los tribunales aplicaron criterios diferentes para situaciones idénticas. Es decir, estamos aventurados a un nuevo lío. Como casi siempre.

Tenemos a Sánchez dedicado a combatir a la madrileña Ayuso, y eso le llevó a decidir el fin del estado de alarma como un logro de su gestión contra la pandemia. Pero casi nadie, desconocemos si él mismo, parece estar convencido con tal decisión. Los epidemiólogos, ante las previsiones de un ascenso de los casos, exigen su mantenimiento hasta que la vacunación llegue al 40 % o que se establezca un nuevo marco para todo el país. Pero Sánchez asegura que las comunidades podrán hacer «casi todo», sin especificar qué es el casi que falta.

El Gobierno y quienes lo asesoran defendieron que el estado de alarma era lo más eficaz contra la pandemia. Pero nos aguardan meses difíciles, aún hoy siete comunidades tienen sus ucis en riesgo extremo, por muy bien que vaya la vacunación. Y nos abocan a decisiones discutidas; recursos, resoluciones judiciales, apelaciones y dictámenes contradictorios. Pedir diálogo y consenso resulta estéril. Sería lo ideal, pero no hay que perder el tiempo en sueños imposibles. Lo que sí debemos de exigir es que, después de lo padecido, se establezcan los cauces firmes y nítidos para mantener viva la lucha contra el virus. Los que sean. Pero que del estado de alarma no pasemos a un estado de desconcierto. Que es lo que tememos, dada la confianza que nos ofrecen nuestros mandarines.