Atrapados en azul

Policía local de Oviedo
Policía local de Oviedo

Vivimos una época extraña en la que, por razón de la pandemia, de las medidas de contención y de la vigilancia de su cumplimiento, se ha puesto en primera línea del control a la ciudadanía, en el espacio público, a las fuerzas y cuerpos de seguridad. Nunca como hasta ahora, en democracia, se les había encomendado una tarea de supervisión tan directa y estrecha y, sobre todo, tan indiscriminada. Se les ha colocado desde el inicio en la difícil tarea de hacer cumplir normas cambiantes y severas al conjunto de la población, en situaciones donde cierta flexibilidad, capacidad de diálogo y de gestión del conflicto, son necesarias.

Sospecho que muchos de los agentes encargados de esta tarea a pie de calle están, a estas alturas del partido, tan hartos de ese desagradable cometido diario como muchos de los controlados de tener que soportarlo, sobre todo cuando ya tenemos un conocimiento cabal de qué clase de conductas suponen realmente un riesgo significativo y cuáles no. Las normas de higiene, distancia social, limitación de las reuniones o de la deambulación, sin embargo, poco entienden de esa necesaria adaptación a las circunstancias concretas, más cuándo, en esta crisis, espoleados por el temor y por la gravedad del problema, se ha decidido optar por la brocha gorda en el redactado y dejar a quien tiene que hacerlas valer en el asfalto decidir, en la actividad operativa correspondiente, en qué medida añaden una dosis de mano izquierda y sentido común. Labor para la que, a veces, se encontrará con la paciencia y colaboración hasta cierto punto concienciada del ciudadano; y otras veces, alguien que, por las razones que sea, no tiene la serenidad para entender las cosas, está dispuesto a discutir las órdenes por no considerarlas racionales o incluso a ponerse estupendo.

El caso es que, más de un año largo después de que todo esto comenzase y enfrentados a episodios de todo tipo en este periodo (desde el confinamiento estricto a las etapas más o menos críticas, vividas entre picos y valles pandémicos), hemos normalizado esta presencia y vigilancia constante. Incluso escuchamos, como parte del discurso oficial, una interpelación moral a los agentes, llamándolos a convertirse en celosos escrutadores, encumbrados en una misión capital de corrección y examen del proceder de las personas. Y aunque, por lo común, el mensaje de la autoridad atribuye las conductas reprensibles a una minoría (con excepciones, porque, en esta pandemia, criticar ocasionalmente a los propios ciudadanos ha sido la novedad del discurso público), quien más quien menos se ha tenido que poner en guardia, con la extraña sensación de que, inopinadamente, podía estar al otro lado de la raya de esta legalidad de excepción.

Nos hemos acostumbrado a ser observados, a contemplar la irrupción en una terraza para ver quién no se sube la mascarilla o a que se entre en un local pidiendo a los asistentes que hagan una suerte de flashmob (para captar quién cumple y quién no), a ser preguntados y repreguntados. Tenemos suerte de que, un poco por profesionalidad y un poco por condescendencia, las más de las veces no se llevan las cosas al extremo y nos evitamos con ello muchos incidentes, aunque no siempre (véase a título de ejemplo lamentable, que no el único, la justa denuncia de la intervención en Lata de Zinc, en Oviedo). Pero, digámoslo claro, estamos creando una subcultura de la relación entre el ciudadano sumiso y cínico y el uniformado a medio camino entre la sobredosis de empoderamiento y la fatiga crónica, porque desde luego no es una atribución agradecida y no creo que haya sido precisamente la fuente de su vocación.

A ver hasta dónde nos lleva este complicado equilibrio, si este grado de exigencia en el control persiste durante mucho tiempo. Porque, mientras crece el rechazo retórico a otros modelos policiales que generan desconfianza entre la ciudadanía, en algunos aspectos no parecemos tener problema en aproximarnos por imitación (uso de pistolas táser incluido, por cierto), transitando con rapidez a un estado policial que no imaginábamos y que ocasionalmente veíamos al viajar (en la otra vida) por países regidos por otros estándares. Ojalá las circunstancias sanitarias permitan disminuir la presión, que nos envuelve y nos atrapa al asumirla como si fuese normal. Como si fuésemos, verdaderamente, peligrosos en nuestra mansedumbre.

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