Maldad, estupidez y mezquindad

Álvaro González

OPINIÓN

Una terraza en Oviedo
Una terraza en Oviedo EFE | J.L.Cereijido

La maldad y la mezquindad del ser humano no tienen límites y pueden ser infinitas, pero esto ya no coge a nadie de sorpresa. Aunque lo peor, como dice Ricardo Moreno Castillo en su magnífico libro Breve tratado sobre la estupidez humana: «La estupidez es más dañina que la maldad, porque es más fácil luchar contra la segunda (porque actúa con cierta lógica) que contra la primera (que carece de ella). Con un malvado se puede dialogar e incluso llegar a convencerle (…) Un estúpido, en cambio, es un invulnerable a los razonamientos. Si pudiéramos suprimir la maldad, el mundo sería un poco mejor. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor. Por otra parte, la maldad y la estupidez no son incompatibles y antagónicas, y las más veces se dan juntas».

En esto que escribió Ricardo Moreno pensé cuando Mariana (no es éste el nombre real, pero poco importa), una camarera de una importante cafetería de Oviedo, me contó lo que le había sucedido. Mariana estaba buscando piso para mudarse con su pareja, y se decidieron, no sin darle muchas vueltas, a mirar algo de alquiler. Ella lleva varios años trabajando en hostelería, y donde está ahora está fija con contrato indefinido. Tras mucho buscar, encontraron, por mediación de una agencia inmobiliaria, un piso en la Avenida del Mar que les gustaba y se amoldaba a sus requisitos y posibilidades. Fueron a verlo con el agente de la agencia y quedaron encantados, era su piso, ahí era donde querían forjar una vida juntos. Manifestaron de inmediato la voluntad de hacerse con la vivienda, y no pusieron ninguna pega a las formalidades y requisitos que se les solicitaron. Uno de ellos era la presentación de una nómina, y Mariana presentó la suya.

Hasta aquí todo iba bien: amor, casa y futuro. Ya habían avisado a sus caseros actuales que iban a abandonar sus respectivas viviendas, porque tenían un plan juntos. Pero todo se truncó. La agencia se puso en contacto con ella y le manifestaron la imposibilidad de arrendar esa propiedad: «Los propietarios no quieren alquilar a nadie que haya estado en un ERTE y mucho menos a gente que trabaje en hostelería». 

Menos mal que de toda esta pandemia, de todo este drama, íbamos a salir mejores y más unidos entre unos y otros. Porque Mariana no se fue a su casa y dejó de trabajar por voluntad propia ni por desempeñar mal su trabajo, sino porque una pandemia azotó al mundo y las autoridades españolas decidieron que todos teníamos que irnos a nuestras  durante meses. Y el ERTE es una figura a la que se vieron abocada todos los trabajadores y a la que se tuvieron que acoger los empresarios para poder salvar sus negocios y no arruinarse, más tratándose de un bar como es el caso. La maldad, la estupidez y la mezquindad se dan la mano y se presentan aquí de la forma más extrema. No sé quiénes son estos propietarios que se comportan así, no les deseo nada malo, pero no es que no lo merezcan.

Nos está quedando, estamos haciendo, una sociedad absolutamente corrompida moralmente y polarizada; parece que otra vez vuelven los hunos y los otros, con la desgracia que esto supuso. ¿Qué mundo estamos dejando a los que nos precederán?