Vida y obra de teatro de Pablo Iglesias


Fue el niño en el bautizo y quería ser el novio en la boda de la izquierda de Madrid. Acabó siendo el muerto político en el entierro. Si la cosa fuera de egos, la noche se hubiese cerrado con una mayoría absoluta de Pablo Iglesias, un meteorito de la política española que se fue a desintegrar al entrar en la atmósfera de la M-40. El contertulio televisivo in pectore pensó que, de perdido, al río Manzanares, pero no hizo pie. Los otros no le iban a dejar ni las raspas de los titulares. Entonces, casi como en el desenlace de las series que consume, apareció en antena para anunciar el final de su carrera política. Pasó del sí, se puede, al conmigo no es posible haciendo algo así como pucheros. Iglesias, el «chivo expiatorio». Iglesias, el hombre que «moviliza los afectos más oscuros y contrarios a la democracia». Proclamó que se mata él, pero lo mataron las urnas. Cayó el telón. Se va el político, pero queda el actor, y un actor nunca va a aceptar ser un figurante.

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