La pandemia nos iba a hacer mejores. Mentira. Cada uno seguirá con sus miserias y sus iniquidades. O desplegará su bondad y su saber estar. Tengo una especial querencia por los vendedores, por los comerciales, por los que hacen la calle puerta a puerta o a la intemperie y por los que están detrás del mostrador. Pude estudiar gracias a la labor inmensa de uno de esos empleados que se tienen que ganar la vida de cara al público. Es un trabajo en el que no vale hacer que se trabaja. Las ventas en este sector son la prueba del algodón de que te lo has currado. En el confinamiento aplaudimos en teoría a los que seguían a pie de mostrador en los servicios que se consideraron esenciales. Pero nada más lejos de la realidad. En seguida llegó la amnesia de tanto amor, se borró el idilio. Esta escena que les voy a narrar sucedió apenas hace unos días y demuestra cómo somos.
Dicen que si quieres saber de qué pasta está hecha una persona dale un cargo y de la manera que se desempeñe como jefe verás su auténtico rostro. Es una gran verdad. Los comerciales, los cajeros, los trabajadores de tiendas, los vendedores de productos se enfrentan cada segundo a sus clientes, a los que están obligados a tratarlos como si tuviesen ese cargo, como si por unos minutos fueran jefes. Los clientes deciden si el comercial logra vender su producto o no y esos les da una supuesta superioridad que trasluce el verdadero andamiaje que sustenta a la persona o al fantasma. El cliente siempre tiene la razón, salvo cuando se alcanza la ofensa.
Les cuento. Llegan dos personas a comprar un producto. Eligen uno determinado y manifiestan su intención de llevarse más. El vendedor les ofrece otra posibilidad dentro del catálogo, de forma exquisita. Son ellos los que pretenden hacer una compra mayor. Pero en seguida la pareja, eran dos, se sube al pedestal y le sueltan al trabajador: «No te he pedido tu opinión». No contentos con la ofensa, que tuvo que tragarse el afectado. Después, se dirigen a otro mostrador en el que siguen exhibiendo su desprecio.
Otro vendedor de manera muy correcta y aplicando lo que le exige su guion de trabajo comercial les dice con educación: «Desean algo en especial, quieren que les ayude» (de usted, por supuesto). La respuesta del dueto no se hace esperar: «A ti, alguien te ha preguntando algo» (de tú, por supuesto). Luego uno le dice al otro: «Menuda ciudad, en la que estamos. Es una ciudad de indeseables y entrometidos». Es terrible que los comerciales tengan que morderse la lengua y mostrar su mejor sonrisa ante desprecios gigantes, ante el odio como un iceberg que asoma y que es prueba del odio que gente así lleva dentro. Dos clientes que se creían alguien por ser clientes y que, en su amargura, terminaron despreciando a dos simples trabajadores y, de paso, a toda una ciudad por una amabilidad que ellos entendieron que era una manera de entrometerse. Ya se sabe, nacen y se juntan.
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