Comenzó el despegue económico


Comenzó la recuperación de la economía española. Con algunos meses de retraso sobre el horario previsto, el avión ya rueda sobre la pista. Los instrumentos de a bordo han comenzado a teñirse de verde en abril. La afiliación a la Seguridad Social crece con fuerza. El incremento de los pagos con tarjeta, ya por encima de los efectuados en el 2019, indica que el consumo embalsado comienza a aflorar. Los índices de producción industrial, consumo energético y de cemento, señalan que la industria empieza a levantarse. Incluso en el sector servicios, el más castigado por la pandemia y las restricciones, aumentan las reservas hoteleras. Los indicadores de confianza, termómetro de las expectativas, se mueven al alza. En la torre de control, aunque con la inevitable incertidumbre, se constata que todos los parámetros son correctos. El ritmo de vacunación supera, por fin, al de Estados Unidos y el Reino Unido: 2,7 millones de dosis administradas en la última semana, y creciendo. Todo empieza a estar en orden. Se autoriza el despegue. Feliz vuelo. 

El optimismo vuelve a Bruselas. La Comisión Europea revisa el plan de vuelo de la economía española y concluye que el viaje será más rápido y menos costoso del que preveía en febrero. España crecerá un 5,9 % este año y un 6,8 % el año que viene. Será, en ambos ejercicios, el país con mayor crecimiento de toda la UE. En épocas normales, esas tasas significan avanzar con velocidad de crucero: el desarrollismo de los años sesenta; en esta hora solo significan regresar al punto de partida, recuperar con creces lo perdido en un año de pandemia: caímos un 10,8 % en el 2020 y se pronostica una recuperación del 13 % en dos años. No la V con que soñábamos, pero sí la V asimétrica que nos prometió Nadia Calviño.

El empleo se recuperará más lentamente. Bruselas vaticina una tasa de paro del 15,7 % este año y del 14,4 % en el 2022. Seguiremos siendo, después de Grecia, el país europeo con mayor tasa de desempleo. Una lacra endémica que no logramos sacudirnos de encima. Pero que mantuvimos a raya, felizmente, durante la pandemia: el mercado de trabajo ofreció mayor resistencia que en crisis anteriores. En el 2009, la economía se contrajo un 3,8 % y la tasa de desempleo subió más de cuatro puntos, hasta el 18,9 %. En el 2012, el PIB cayó un 3 % y la tasa se disparó al histórico 26 %: uno de cada cuatro trabajadores en paro. En el 2020, pese a que el desplome económico triplicó a los anteriores, la tasa se contuvo en el 16 %. Los ERTE y la política expansiva de la Unión Europea, tan alejada de la austeridad recetada en la crisis anterior, explican la diferencia.

Hay otras profecías alentadoras en las previsiones de Bruselas. Como las relativas al déficit y la deuda: si se cumplen los pronósticos, quizá el ajuste futuro será menos duro de lo esperado. Pero también, entre las incertidumbres, existe una mayúscula: la incesante pelea de gallos políticos que amenaza con abortar el despegue. Casi dan ganas de gritarles: ya que no quieren colaborar, por favor, no molesten. Despejen la pista.

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