La pesadilla del covid no ha acabado. Aún mueren a diario decenas de personas en este país y la incidencia acumulada en algunas comunidades autónomas es muy elevada. Nadie debería bajar la guardia, aunque hay gente que prostituye el término libertad, entendiéndolo como hacer lo que a cada cual le da la gana, poniendo en riesgo la salud de los demás. Pero hay motivos para la esperanza.

El ritmo de inmunización es de los más altos de la Unión Europea, las vacunas están llegando incluso en mayor cantidad de lo esperado, son altamente eficaces y sus efectos secundarios están muy por debajo del alarmismo que causó la detección de contados casos de trombosis. Parece factible que se pueda alcanzar el objetivo marcado por el Gobierno de tener al 70 % de la población inmunizada a finales de agosto.

El sistema sanitario ha mostrado su fortaleza y experiencia en la vacunación. En resumen, buenas noticias, de las que lamentablemente se habla muy poco, sepultadas por el ruido y los rifirrafes estériles del día a día. Hay otro motivo de satisfacción que también pasa más inadvertido de lo que merece. La Comunidad Valenciana es la región de Europa con mejores datos de la pandemia, un ejemplo de cómo gestionar la lucha contra la enfermedad, que ha supuesto enormes sacrificios para la ciudadanía, pero ha dado magníficos resultados.

La incidencia acumulada es de solo 35 casos por 100.000 habitantes, mientras el País Vasco alcanza los 342 y Madrid, 283. El cierre de bares y restaurantes, los lugares donde científicamente está demostrado que se multiplican los contagios, ha sido fundamental para que los valencianos hayan logrado este éxito. Máxima prudencia, pero es justo reconocer lo que se está haciendo bien.

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