Confieso que Eurovisión nunca me ha emocionado. Ni siquiera cuando era niño y el festival parecía tener cierto prestigio, aunque no entendía por qué no se enviaban allí a artistas de primer nivel con sus mejores canciones. Tampoco me tocaron la fibra los dos hitos generacionales que supusieron las Operaciones Triunfo del 2001/2002 y del 2017/2018, las de Rosa y Amaia. Pero siempre me ha parecido curioso la geopolítica y el sistema de filias y fobias transnacionales que condicionan el proceso de votaciones y deciden quién puede ganar.
Hay tesis doctorales que estudian la trastienda de Eurovisión y las repercusiones del festival para la construcción de identidades nacionales, sobre todo en el este de Europa. En España también se usó política y patrióticamente el festival en ese sentido, en los tiempos del franquismo. Ay, si participara Marruecos.
De aquella época quedó un privilegio notable, gracias a ser uno de los fundadores del certamen, los representantes patrios van directos a la final, un gran mercadillo de votos. Este blindaje evita hecatombes mayores que las habituales. Y nos sitúa en un lugar mejor del que merecemos por nuestro desempeño histórico. Lo mismo que quería Florentino Pérez con aquel proyecto de la antideportiva Superliga, que cosechó un resultado desolador: «zero points».
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