Estamos en tiempos que toca asumir realidades y vivir con lo que somos


La moral a través de los siglos se ha ido incrustando en nuestra piel de tal forma que,  a mi entender, muchas de las normas las consideramos como verdades incuestionables, como leyes naturales. Estas reglas o normas morales la mayoría de ellas no escritas, nos han servido  para «vestirnos» de mejores, para tenernos a nosotros mismos en un alto concepto.

Hemos llegado a poner al ser humano en el pódium del mundo, es decir, a nosotros mismos como él no va más del universo. Hemos inventado y aun hoy lo seguimos haciendo doctrinas, religiones, normas en  pos de la felicidad, y, naturalmente, todas ellas nos instalan en el pabellón más alto a costa  de un montón de mentiras fabricadas por nosotros y, paradójicamente, contra nosotros.

Hemos olvidado, o mejor dicho, ocultado, lo más íntimo de nuestro ser salvaje, y nuestros sentimientos salvajes (entiéndase por salvaje todo aquello que no está domesticado, amasado, lo que no conoce  ni reconoce prohibiciones ni límites).

A partir del momento del gran invento del bien y del mal, la humanidad se empezó a moldear a ella misma no ya partiendo de sus propios impulsos o deseos más profundos, sino  a partir de unas ideas preconcebidas de que era lo que debíamos conservar en estado puro y lo que debíamos enterrar como parte mala o diabólica que había que extirpar como cancerígena. Solo existe un pequeño problema: por mucho que cavemos, por profunda que sea la fosa donde debemos enterrar la parte supuestamente mala, esta  volverá  a surgir, como las raíces rompiendo el hormigón, haciéndonos desagradable nuestra  corta existencia. Porque sencillamente somos y no podemos cambiarnos, solo aceptarnos tal cual, sin más.

Pienso que nuestro empeño debería encaminarse no a moldearnos en pro de determinadas normas morales, sino a ser lo que somos, ya sea moral o inmoral, ya seamos virtuosos, amables, buenos, bondadosos, etcétera, o cobardes, egoístas, perversos. Solo somos eso, lo que importa es vivir en armonía.

Todo lo dicho anteriormente es con el fin de desmitificar esa imagen que nos hemos fabricado de nosotros mismos, tan sana, tan pura, tan sublime. Esa moral tan asquerosa que nos presenta ante el mundo como seres capaces de distinguir lo que está bien de lo que está mal, lo bueno de lo malo, como seres cargados de amor que vamos derrochando por la tierra de forma desinteresada. Somos ecológicos y ecologistas, pacíficos y pacifistas, amamos a los animales, a las plantas, no queremos la guerra, nos encanta la libertad; no somos egoístas, ni envidiosos, ni hipócritas, queremos mucho a nuestra/o compañera/o, a nuestros hijos, a nuestros padres, cuando sean viejos no les enviaremos al asilo, por lo menos mientras nos cuiden a los niños. Al fin podemos reconocer que hay gente que no reúne estas virtudes, pero son siempre otras.

No exteriorizamos nuestros sentimientos, somos una especie de monos amaestrados por  unas pautas de conducta aprendidas  y asumidas. Alguien como es natural se beneficiara de todo esto, pero desde luego nosotros no.

Somos infinitamente cobardes, no queremos hundirnos, solemos decir: «Si yo dijera lo que pienso», pero nos cuidamos mucho de no decirlo por miedo a romper, porque romper significa  en nuestra fantasía rompernos, y eso nunca, preferimos siempre una existencia miserable, que un paso hacia la libertad.

La moral, las normas, las buenas costumbres, la educación, el respeto mutuo, el cumplimiento, el por no hacerle daño son uno de los principales motivos por los que el placer se nos hace inalcanzable. Con estas y otras falacias disfrazamos nuestro verdadero ser para vivir mal y hacer vivir mal también a los que nos rodean, solo pensamos en como joder a los demás. Somos pura y llanamente  materiales y materialistas de todo, es hora de desmitificarnos un poco. Hemos hecho de una de nuestras  peores enfermedades «el bien común», y  así nos luce el pelo.

Cándido González Carnero es exsindicalista del sector naval  

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