El colesterol literario


Tengo un amigo que es poeta, y también médico, aunque él no lo sepa. A veces le envío un texto y sospecho que, una vez impreso en su casa, posa el folio sobre la mesa, como si fuera un enfermo en una camilla, y entonces lo palpa y lo ausculta, y después le clava un jeringazo en algún párrafo elegido de modo aleatorio. Luego te devuelve el correo y lo lees como si hubieras recibido los análisis de la empresa. Y claro, los números no están bien. Nos cuidamos poco. Como las cosas más serias se dicen de broma, le comenté en una ocasión que a la escritura le sucedía como a la sangre, y que a veces había colesterol, sobre todo del malo: la voz pasiva, el abuso del gerundio, la utilización impropia de los tiempos verbales, las reiteraciones. Y las rimas, ah, las rimas, la otitis de la prosa. Nos echamos a reír, y desde entonces le llamo doctor. Mi amigo es magnífico en la edición de textos, hasta el punto de que lo recomendaría a cualquier editorial, aunque no conozca a nadie en ese mundo. A veces le mandas un folio y el escrito vuelve como uno de esos millonarios que se pasan dos semanas en una lujosa clínica de adelgazamiento. A mí me recuerda a mis hijos, que siempre le sacan lo blanco al jamón serrano. Pues eso hace él: quitarle la grasa a los textos.

Antes pensaba que era demasiado tiquismiquis. Cuando leía algo que me gustaba, que me emocionaba, que me conmovía, le enviaba un pantallazo por WhatsApp. Al cabo de un rato, me devolvía el mensaje con los puñeteros pluscuamperfectos subrayados en rojo. Me decía que la traducción era malísima y así, sin más, despreciaba mi sugerencia y abandonaba la lectura de ese libro. Era como si volviera a la infancia, a aquellas decepciones en los exámenes, cuando creías que todo había salido bien y la profesora te entregaba la prueba llena de tachones, como si el folio fuera el rostro de alguien al que han cosido a puñetazos. Poco a poco, con el tiempo, aprendí muchas cosas.

Hace una semana, mientras leía una antología poética en edición bilingüe, apareció uno de esos pluscuamperfectos extraño, fantasmal. Era una traducción sin sentido, al menos tal y como figuraba el verso en su idioma original. Hice una foto con el móvil y se la envié con el orgullo del que ha aprendido una lección. En broma, le dije en uno de los mensajes que tal vez debería cambiar de profesión y alquilar una oficina y poner una de esas lustrosas placas a la entrada del portal, en las que luce tu nombre y la profesión. «Endocrino de textos», escribí. No tardó mucho en contestarme. «Fai tarxetas».

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