Las lavadoras inquietantes

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Edgardo

20 jun 2021 . Actualizado a las 10:06 h.

Ahora que, con la subida del precio de la electricidad, nos dicen que tenemos que poner la lavadora a las dos de la mañana, me ha empezado a parecer un electrodoméstico un tanto inquietante. Las dos de la mañana es una hora en la que a uno le pueden asaltar pensamientos extraños y, en la soledad y el silencio, el sonido de la lavadora -esa alternancia de gruñidos, escupitajos y zumbidos de aviones que despegan-, llega a resultar amenazante. También se antoja torvo el enorme ojo acuoso de la lavadora, que es como el de un cíclope; como el de Hal, el ordenador asesino del 2001: Una odisea del espacio. Si uno mira a través de esa pupila vacía, se asomará a un abismo en el que se agita una tempestad en la que se ahogan los calzoncillos y las camisetas, un maelstrom infernal como aquel en el que desaparece el Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino.

 

Sí, aunque nos hayamos habituado a convivir con ellas, hay algo inquietante en las lavadoras. En su interior ocurren toda clase de transformaciones extrañas. Hay pantalones que encogen y adquieren la talla que teníamos nosotros mismos hace diez o quince años; jerséis que se estiran, en un aviso ominoso de lo que llegaremos a engordar; calcetines que se separan para no reunirse durante años, como los gemelos de las comedias de Terencio o Shakespeare; camisas blancas que se tiñen justo del color del que no las quisimos comprar aquel día en la tienda. Al mismo tiempo, la lavadora es una discreta máquina del tiempo. En ocasiones aparece un pañuelo que habíamos perdido en otro lugar años atrás. O se nos manifiesta inesperadamente una moneda fantasmagórica golpeándose contra las paredes de metal del tambor y, cuando la sacamos, resulta ser una peseta de Franco que es imposible que haya estado ahí agazapada durante medio siglo (sobre todo porque la lavadora la compramos hace seis o siete años en unas rebajas). Pero la lavadora es, sobre todo, una máquina obsesionada con hacernos olvidar. Todo lo que encuentra en esos recovecos físicos de nuestra memoria que son los bolsillos lo destruye o lo inutiliza, lo censura y lo borra con su baba blanca. A su contacto, se deshacen los papelitos en los que anotamos al vuelo números de teléfono; las ideas que garabateamos en un momento de inspiración en una servilleta de papel, la lavadora las reescribe con la letra que teníamos a los cuatro años, y que no podemos entender ya porque no somos el niño que éramos. La lavadora odia en especial el dinero, y su detergente se empeña particularmente en desteñir los billetes que tienen la mala suerte de ir a parar a su estómago (ahí se ve la mala fe: ese mismo detergente no se esfuerza luego con las manchas que de verdad importan). Y si la lavadora no quiere que usemos efectivo, también la toma con los recibos de las tarjetas de crédito, que solidifica en forma de bolitas que es imposible abrir, y que quedan ahí como un fósil prehistórico de aquel café que nos tomamos o aquel taxi que cogimos aquella vez. Hace años se hablaba mucho del temor a que un día las máquinas se rebelasen. Quizás ya lo han hecho y su rebelión consiste en este fastidiarnos de vez en cuando.

Uno piensa en estas cosas, ya digo, a las dos de la mañana. Pero luego el ruido de la lavadora se para con un chasquido. Uno despierta de la ensoñación momentánea, y de repente el gran ojo de cíclope parece un inocente acuario en el que flotan, como peces de colores, los calcetines del niño.