Indultos y distensión. Una cuestión táctica y escénica

OPINIÓN

Los presos del «procés», en una imagen de archivo.
Los presos del «procés», en una imagen de archivo. Quique García | Efe

26 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El DRAE digital tiene una función divertida que hace anagramas con las palabras en vez de definirlas, es decir, busca otras palabras que se puedan formar reordenando las letras de la palabra consultada. ¿Y qué palabras se pueden formar con las letras de la palabra distensión? Solo una: sinsentido. Ya dije que era una función divertida. Y podría parecer que profética, porque se diría que lo de los indultos inició un auténtico sindiós. La medida busca distensión, pero los indultados salen de la cárcel gritando independencia con los puños en alto, la derecha cava trincheras, los empresarios olisquean con quién hay que llevarse bien, algunos monárquicos buscan las espinillas del Rey y los obispos muestran que cada vez que callan otorgan porque cuando quieren hablar hablan. Si Tejero hubiera quedado en coma en febrero del 81 y despertara ahora oyendo a los suyos gritar contra los golpistas y por la Constitución, no sabría hacia dónde dirigir el sable y probablemente entraría en brote. Lo dicho, aparentemente distensión y sinsentido solo se diferencian en la manera de colocar las letras. Pero en este episodio la realidad, como diría Borges, es pudorosa y se oculta en velos de apariencias. De hecho, creo que es un episodio de política exterior.

Eibl-Eibesfeldt tiene unas páginas muy sugerentes sobre el origen de la sonrisa humana. La sonrisa (no la risa) es un fósil del acto hostil de enseñar los dientes. Pero procede del gruñido del vencido. Habremos visto en nuestras trifulcas que es normal que el débil, cuando ya consiguió alejarse del fuerte, le eche un último insulto o tenga una última bravuconada. Ese último rescoldo de autoestima se hacía enseñando los dientes y nos quedó en el rostro como sonrisa. Todavía ahora si resbalamos y caemos en público nos levantamos sonriendo para encubrir la leve derrota de la humillación. No se puede hablar de derrota del independentismo (ni del Estado, por mucho que las portadas de la caverna deliren rendición del Estado, postración de España y otros colocones parecidos). Pero el procés salió mal, la comunidad internacional no respalda la independencia ni los pronunciamientos unilaterales, las cosas empeoraron en Cataluña y la población está fatigada. La acción política de quienes salen de la cárcel no va a encaminarse a una declaración de independencia, sino que se va a ser el tipo de acciones políticas que burbujean en un estado normal. Pero del resbalón se levanta uno sonriendo, mostrando los dientes en una última bravuconada, gritando independencia y exhibiendo un infantil «Freedom for Catalonia» de tebeo. Es la actitud que originó la sonrisa en la especie.

Los que claman que esto no arreglará el problema tienen razón. Lo que pasa es que no pueden demostrar cuánta razón tienen porque no pueden decir en voz alta cuál sería esa solución del problema catalán: que no hubiera independentistas. Y ciertamente los indultos no servirán para eso. Pero no creo que haya nada que sirva para eso, salvo la propuesta de esos vejestorios militares de fusilar a 26 millones de hijos de puta. Salvo que la solución en la que se piense sea una solución final, no hay solución para la tensión independentista y el conflicto de identidad nacional en Cataluña. Que no haya solución no quiere decir que no haya política posible, en el sentido noble de acciones que mejoren la vida y la convivencia de la gente. En la película The Imitation Game, Alan Turing pone como prueba para seleccionar matemáticos un problema que no se puede resolver en el tiempo que él concede. Lo que le importaba no era ver si podían resolver el problema, sino ver si sabían hacer algo útil ante problemas sin solución. La vida pública está llena de conflictos y problemas sin solución, pero con políticas posibles.