Hay algo que sobrecoge en el ritmo de la ciudad cuando se confina. Ahora no es un decreto ley por el virus si no un partido que por el runrún que se escapa por las ventanas y las puertas de los bares debe de ser importante. El fútbol por aquí es como la cultura judeocristiana: se te pega al ademán aunque te reconozcas atea. Así que aunque ni la existencia ni el entrenamiento familiar te hayan inoculado el virus, entiendes que esa ola creciente de electricidad acompaña a un delantero hacia la portería y que la explosión que se vocifera al unísono es la que celebra la entrada de una pelota en la casilla de un contrario. Tenían razón las monjas del colegio cuando sermoneaban sobre la fe y la comparaban con una gracia que se te concede o se te escatima. Durante uno de esos duelos que te rompe te gustaría tanto creer y mitigar el desconsuelo con la certeza de otra vida... Enseguida te invade la razón y tu irrenunciable vocación impía pero admiras el bálsamo que alivia a tanto confiado. Esa pelusa existencial asoma también cuando guichas desde la puerta un buen partido y entiendes que ahí dentro seres humanos alcanzados por la varita comparten un anhelo que los iguala y que durante ese rato quedan disueltas las diferencias por la gracia de Busquets. La España invertebrada de los titulares de la mañana parece haber sucumbido a la goleada, aunque el unicornio, pesadísimo, siga ahí cuando el árbitro pita el final de la prórroga. Los excluidos deambulamos por la calle al ritmo que marca nuestro defecto, porque hay algo en esa felicidad colaborativa, en ese comunión tan diversa, en las risas y el jolgorio que nos encantaría sentir durante un instante. Echar un vistazo a las puertas del cielo aunque fuese para comprobar que no existe.
Comentarios