Antes urbanos y ahora rurales

OPINIÓN

Terneras pastando en Niévares, con el Naranco de fondo
Terneras pastando en Niévares, con el Naranco de fondo

Me dicen los notarios que, después del largo confinamiento por causa del COVID-19, aumentaron las compraventas de fincas rústicas, de las tradicionales quintanas y casas de pueblos. También de edificaciones asentadas en terrenos rústicos, los mal llamados núcleos rurales. En uno de los pocos periódicos que en papel quedan, de Madrid, leí el 6 de julio último: «El cambio de tendencia que se está viendo tiene un largo recorrido y es que la pandemia ha cambiado nuestra idea acerca de la calidad de vida». 

Para dejar lo urbano existen razones objetivas; los aires irrespirables y el confinamiento en esos «agujeros habitacionales» con hipotecas vitalicias, llamados pisos, resultaron insoportables; e insoportable fue vivir en colmenas de cemento, sin luces y sin intimidad, en las que se oye cómo hacen el amor, cómo gritan o susurran, los vecinos de abajo, y teniendo que soportar al vecino colindante, músico, derroche de simpatía, que ensayaba la pieza de bandurria chillona, a tocar a las 20.00 horas, saltando a la fama, gracias a una «tele de provincias». 

Además de lo objetivo, está lo subjetivo para ir a lo rural desde lo urbano, que es afán y afición -el llamado ruralismo-, que está muy presente en lo asturiano; lo aldeano siempre fue una «pulsión» asturiana, como el segar hierba, beber sidra, catar la vaca o contemplar la xatina asturiana. Por ello, la mejor escritura de aquí, la de Don Armando Palacio, con su La aldea pérdida, y la de Clarín, con sus Cuentos, tienen tantas referencias al paisaje rural, a castañales, a carbayos, a las vacas mugiendo y a las gallinas cloqueando. Todo es de aquí, de la casa, muy personalizado, como de la abuela, y tan romántico como las leyendas de Becquer o los versos de Espronceda. 

Más, para ahorrar catástrofes, hay que advertir: el ir de la ciudad al campo tiene un reverso, pues con el tiempo, se quiere volver de la aldea a la ciudad, por inadaptación, por miedo a los golpes de los ladrones, por hartura de tanto cuchicheo y maledicencia de aldea, por el botellón de los hijos y/o nietos. Después de haber vendido el piso, resulta que hay que comprar otro, de nuevas y a vueltas con las hipotecas. Y es que, muchas veces, en el paso de lo urbano a la ciudad, hay inconvenientes e inadaptaciones, resultando que lo tan deseado en el campo, como el silencio, el poder escuchar el canto de los pajaritos y leer el Pronto con tranquilidad en la hamaca junto a las hortensias, eso mismo acaba siendo insoportable. Vayamos a ello y por partes. 

Los ruidos que en la aldea produce el que llega de la ciudad son tremendos; inmediatamente, firmada la escritura, el urbanita en el campo compra ese monstruo, intermedio entre un tractor y un triciclo, que se llama «cortacésped», de ruido que causa sordera. Encima de tal máquina, con visera y pantalón vaquero con tirantes, va el que, por ser ya rústico, es ya un genuino Rogelio o Sabino, y que mira a los que pasan junto a su finca, como diciendo: «Estos no saben quién soy yo». O sea, un perfecto Cid Campeador, subido a su Babieca. Y es que los que dejan la ciudad y van al campo, no soportan el silencio campestre; y si no hay ruido, lo hacen; mucho ruido para no deprimirse. No basta eso tan bucólico que es regar, con jardinera amarilla, el ciruelo de hoja un pelín roja o el limonero.  

Muchos urbanitas, instalados en lo rural, ignoran que la depresión en el pueblo es peligrosa, contagiosa. Empezando poco a poco y terminando con dramáticas consecuencias, siendo un infierno el «murri-murri», muy triste, del cónyuge, hombre o mujer, pidiendo volver a la ciudad por tristeza o melancolías. Hay muchas hipótesis y tesis sobre la causa de los trastornos mentales, que dicen son más frecuentes en el campo que en la ciudad. Y especialistas dicen que, por vivir en una colmena, por oír cómo se aman los vecinos o por los ruidos del vecino, tocador de bandurria, la gente no se deprime; al contrario, se distrae pensando en tanto barullo. 

Por el contrario, en el campo, la gente sólo piensa en sí misma, es su tema recurrente, e inevitablemente, se deprime: sólo quien piensa en sí mismo, a lo bestia, enferma de depresión o melancolía. Los distraídos jamás se deprimen. El contacto con personas, con vecinos, cura; lo del ciruelo o masticar comer arándanos en soledad, enferma, aunque curen vejigas. Y la gran pregunta: ¿El freír a la parrilla, al aire del campo, docena y medio de chicharros compensa de tanta tribulación?  

Y hay patrones culturales muy diferentes en la ciudad y en la aldea, a los que hay que adaptarse. ¡Qué espectáculo tan sexual y dominante, tan poco urbano, el del gallo de la quintana o pito de caleya, persiguiendo a las gallinas o pitas, negras o roxias, sin pedir consentimientos para colocarse encima, trámite necesario para, más tarde, poner ellas los huevos! ¡Qué espectáculo tan sexual y dominante, lamentable también, el de los toros, siempre bravos, aunque parezcan tranquilos, dominadores de vacas, a las que mantiene en rígidas colas para subirse y así preñarlas, en proporción desigual, de un macho por 15 vacas! 

Parece fácil el traslado del piso a la casa rural, pero puede ser muy, muy complicado. Hay que pensarlo y repensarlo. Es un consejo, de esos, como los que se dan en una oficina de contratación de seguros, muy personalizado.