La izquierda escandalizada y conservadora

OPINIÓN

Pablo Iglesias, entre a las diputadas Noelia Vera y Ione Belarra, este viernes, en los actos del Día de la Constitución
Pablo Iglesias, entre a las diputadas Noelia Vera y Ione Belarra, este viernes, en los actos del Día de la Constitución Emilio Naranjo

24 jul 2021 . Actualizado a las 09:31 h.

Quienes tienen mi edad fueron al instituto a los 10 años, que era cuando se empezaba el Bachillerato Elemental. Quienes, además de tener mi edad, vivían en La Calzada empezaban en un instituto filial de otro y controlado hasta tres años después por los frailes de La Salle, aquellos que llevaban un babero sobre la sotana. A esa edad y con esa tutela, en una de aquellas excursiones en las que nos llevaban a Colunga y comprábamos un hórreo de adorno, nos dio por cantar ruidosamente en el autocar el estribillo «URRS URRS URRS, que viva el cooomuniismoo, URSS, URSS, URSS». Esto era en 1970, con el Caudillo aún en el Pardo. Dos detalles dan fe de la absoluta inocencia política de esta bravata infantil. Cuando mataron a Carrero Blanco tres años después, solo le pregunté a mi padre si iban a cerrar el Rivero, porque no me quería perder La furia del hombre lobo. Y faltaban aún cinco años para que oyera por primera vez a un adulto hablar con claridad de Hitler y pudiera ubicarlo en coordenadas morales. Fue el párroco Bardales en clase de Religión, perplejo por nuestra ignorancia del personaje. «¡Fue un monstruo»!, tronó. Bastante sabíamos nosotros a los diez años qué sería eso de la URRS o el comunismo. Lo que nos gustaba de aquel canturreo eran las bocas a medio abrir de la gente que veía pasar el autocar y de los padres y séquito cuando se les contaba la gracia. Es divertido escandalizar a la gente. Quizá sea que te hace sentir fuerte. O que una persona escandalizada tiene algo circense, por cómo descompone el gesto y cómo se le agolpan palabras que no consigue articular. Eduard Fernández hace un buena interpretación de Millán-Astray en la escena en que Unamuno le espeta lo de venceréis, pero no convenceréis. El militar se escandaliza e intenta decir tantas cosas a la vez que se le tensa la cara, se le hinchan los carrillos y solo acierta a balbucear desencajado «España, una, España, una». Toda provocación es un desafío, un tanteo de fuerza. Todo escándalo es una pequeña victoria.

Un aspecto que describe los momentos políticos es quiénes provocan y quiénes se escandalizan, quiénes desafían el orden y quiénes son los conservadores. No está en la esencia de ideologías y líneas políticas ser una cosa u otra. Cuando la actitud conservadora es de la derecha, estamos en un momento en que la derecha teme los cambios y la izquierda los apetece. Lo que hace conformista o rebelde a la izquierda no es tanto haber conseguido mucho o poco de sus objetivos, sino la sensación de que lo conseguido no tiene marcha atrás y que solo se puede cambiar para mejor. Y lo mismo sucede con la derecha. En España vimos con nitidez este mecanismo con los estatutos de autonomía de Cataluña y el País Vasco. El PP (antes AP) se opuso a los dos estatutos de autonomía en el 79. Años después se manifestaba en las calles en favor de uno y otro estatuto por España y contra el independentismo. No es, o no solo, incoherencia. Es que la pulsión del cambio pasó a ser la independencia. Por eso el PP exigía precisamente el estatuto al que se habían opuesto. No se es conservador necesariamente por sentirse confortable en la situación, sino por la sensación de lo que se puede perder o ganar con cambios abruptos. Otro ejemplo nos acerca al momento actual. En 2014 irrumpe Podemos y Pablo Iglesias repite el propósito de un nuevo proceso constituyente. La Constitución del 78 ya no era la talla de España y le hacía rozaduras. Desde hace dos años es Pablo Iglesias el que va a los debates con una Constitución en la mano para leerles pasajes a los políticos de la derecha. Hace solo unos meses leía a los periodistas el artículo 128, que dice que toda la riqueza del país, quien quiera que sea su dueño, está subordinada al interés general y que la iniciativa de la actividad económica ha de ser pública. De nuevo, no es una cuestión de coherencia. Cabe pensar que en 2014 Iglesias ya se había leído la Constitución. Ahora se hizo conservador, no porque esté más de acuerdo con la Constitución que antes, sino porque ahora la subversión y la provocación están en la extrema derecha. Una parte del cuadro de la actualidad es, por tanto, quién es el que entona Virgencita, que me quede como estoy. Y lo peor que se puede hacer en política es no encuadrar los mensajes en la actualidad.

La provocación necesita el refuerzo grupal y a la vez crea vínculo grupal. Sin eso, no hay provocación sino ridículo. Pero se necesita también un grupo reconocible que se escandalice, esa boca entreabierta que hace que gritar URSS o llamar paguita a la protección social sean una pequeña victoria. La provocación ahora está en la extrema derecha. La izquierda se escandaliza a diario como un grupo de obispos. Te hace escandalizable la acumulación de certezas indiscutibles y la sensación de que removerlas es agitar el caos. No se es escandalizable por ser pacato o bobo. A estas alturas hay que dar por hecho que negros y blancos son iguales y humanos y que Hitler fue ciertamente un monstruo. Estas son certezas de gente civilizada y son las que nos ponen en la cara el gesto divertido y circense del que se escandaliza cuando alguien dice que los maltratadores son niños de piel oscura o que lo de Hitler es la versión hemipléjica progre de la historia. Razonar lo obvio exige un esfuerzo mental singular y por eso, cuando te cuestionan lo incuestionable, se junta la certeza absoluta con la falta de razonamiento rápido y así se te hinchan los carrillos como a Millán-Astray, te escandalizas y el provocador y su grupo de refuerzo consiguen su juerga. No es fácil explicar rápido en qué se diferencian una chincheta y un alcalde. No sabríamos por dónde empezar.