Son los fiascos los que convierten en excepcionales las victorias. Por eso hace ahora una semana, cuando los dos saltadores de altura mejor situados en la final olímpica pactaron repartirse el oro porque cumplían el criterio de encontrarse en ese momento empatados a todo, por encima del happy end ñoño, asomó un hartazgo. Con piruetas como esa, se puede reescribir la historia del deporte: Federer y Nadal podían haber empatado la final de Wimbledon del 2008, en el colmo de su admiración mutua. Argentina y Alemania podían haber pactado ganar ambos el título del Mundial del 2014 en Brasil, y Messi ya sería otro hace bastante tiempo. Joe Frazier no habría derribado a Muhammad Ali en el Madison Square Garden en 1971 si ambos hubiesen acordado antes un abrazo para ganar ambos y descolocar a las casas de apuestas. Y así terminaríamos con la cuota de drama necesaria para convertir en emocionantes las victorias.
La despedida de los 50 kilómetros marcha, durante esas cuatro horas aparentemente anodinas, tuvo ayer la trama tensa de un thriller. Y hubo un derrotado. El cuarto más cuarto en mucho tiempo. A Marc Tur, antes de competir, le parecía que, en un día de 10, podía conseguir un diploma olímpico. Después de más de 49 kilómetros, tenía encarrilada la plata, hasta que su cuerpo dejó de responder. A unos 200 metros de la meta vio cómo le rebasaba un rival y le quitaba el bronce. Por un suspiro se cayó del bronce después de marchar durante la distancia equivalente a ir de Ferrol a A Coruña. No hubo pacto por muy cansados que hubiesen llegado y tan ejemplares fuesen las historias de superación que tenían detrás. Y así debe ser. Otras formas ya son discutibles, como que al seleccionador español de baloncesto femenino, Lucas Mondelo, subcampeón olímpico en Río, le despidiesen ayer por teléfono. Cosas de La Familia.
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