No sé si otros seres pueden engañarse a sí mismos con la misma tozudez y eficacia que demostramos los humanos a la hora de ignorar la evidencia o incluso de negarla. Tropezamos muchas veces en la misma piedra no tanto por despiste como porque nos resistimos a reconocer que la piedra está ahí y que si la pisamos podemos irnos al suelo. Quizá aceptamos la presencia de la piedra pero no que tenga capacidad alguna para hacernos daño. Estas tendencias, tan enraizadas en la naturaleza libre, terminan achicando nuestra inteligencia si no las afrontamos, si no estamos dispuestos a que la realidad haga saltar por los aires nuestros prejuicios tan queridos, a los que hemos sido tan fieles durante años, que tanto hemos defendido. Las cosas que no nos permitimos pensar o de las que, acaso por comodidad o por miedo, no nos permitimos dudar son las que de hecho nos controlan y esclavizan. Dice un judío muy listo (¿pleonasmo, quizá?) que quien quiere liberarse de lo evidente, porque piensa que le limita y constriñe, acaba encadenado a sus caprichos. «No hay que racionalizarlo todo tanto», suelen decir, mientras se meten en la ratonera, quienes detestan plantearse por qué les ofrecen queso gratis.
En el centro de la ética de la investigación científica se erige un mandato de buscar y examinar, con al menos el mismo empeño, los datos que contradicen la tesis que se pretende demostrar y los que la sustentan. Si descarto una vez y otra las pruebas que me contrarían solo porque me disgustan, mi ignorancia crecerá con cada descarte y, además, se irá haciendo irreversible. La inteligencia habrá quedado herida hasta que se deje sorprender de nuevo por el colorido de lo real.
@pacosanchez
Comentarios