Viendo lo que manifiesta y la postura adoptada frente a la tauromaquia de la alcaldesa de Gijón, la socialista Ana González, una de dos: o bien es una mentirosa compulsiva o una auténtica ignorante. Y no sé lo que es peor para alguien con un puesto de tal envergadura.
No prorrogar la concesión de El Bibio ni volver a sacarla a licitación para espectáculos taurinos es un error garrafal para una ciudad que saca pecho y se quiere erigir como la capital cultural de Asturias. Parece que quieren decir: «cultura sí, pero sólo la que guste en alcaldía, nos convenga y de la que podamos sacar rédito político». Qué triste y sectario es esto, se imaginan que el ayuntamiento se opusiese a alquilar el Jovellanos a una compañía de teatro o a un grupo de música, pues es lo mismo.
Quieren una plaza de toros sin toros, a los ganaderos sin ganado, más a las mascotas que a los niños. La señora González veta el acceso a la cultura a sus ciudadanos y además saca pecho y se enorgullece de tal fechoría; no se puede elaborar una programación según los gustos del alcalde, y menos en los de esta señora, en la que sólo hace falta fijarse para entender que son de dudoso buen gusto. Pero está claro que la vergüenza y la decencia se pierden antes de meterse al desempeño de la política, donde para medrar y pisar moqueta se necesita peloteo, saliva, mucha saliva y tragar.
Si lo que la regidora González pretende es imponer sus filias y su criterio, que dé la cara, alce la voz, lo diga claramente y se atenga a las consecuencias; que no se valga de falsos pretextos como el nombre de dos toros (Feminista y Nigeriano) para adoptar sus decisiones. Que no mienta diciendo que se están utilizando los toros, que sólo son del pueblo y de nadie más, para transmitir mensajes políticos e ideológicos, porque no es así. Y aunque lo fuese, no veo qué problema hay en ello, como si las otras artes jamás tuvieran carga política, como si a los ciudadanos se nos tuviera que cuidar y tutelar como bebes: dan por hecho que somos rebaño, nos tratan como tal y tratan de pastorearnos y llevarnos al redil.
Sólo hay que escuchar sus explicaciones: «Mi tía se llamaba Gervasia y ninguno nos volvimos a llamar Gervasia. Las tradiciones no son inamovibles, los tiempos y las sensibilidades cambian». Demostrando desconocer de lo que habla, despreciando cuanto ignora, sin pararse ni siquiera un minuto a informarse del tema: los toros reciben el nombre de la madre, es una manera de mantener la genealogía, no hay más. Todo lo demás dicho por esta señora son ideas peregrinas y ridículas que salen de su cabeza o de su equipo, lo cual sería aún peor. Si nos fijamos en la comparación que hizo entre la trata de esclavos y la tauromaquia, queda claro que ella misma se define cada vez que abre la boca. Cuánto se banaliza la palabra «fascismo» y, visto lo visto, qué poco se usa cuando se atiene a criterios.
No voy a incidir aquí en la protección que tiene la tauromaquia; ni en los puestos de trabajo que genera; tampoco en la importancia para mantener la especie y el ecosistema y mucho menos en la cantidad de pasta que deja en Gijón. Que es importante, pero no lo que más: estamos viendo como se limita la libertad, acaban con 133 años de historia y se impone un criterio absolutamente arbitrario, perjudicando a muchos para el contento y el beneficio de otros tantos. La alcaldesa de Gijón contra la cultura por un puñado de votos: peloteo, saliva y tragar.
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