Que no nos veamos nunca en una situación similar a los aquí protagonistas; nosotros ni los que nos sucedan. No sólo como víctimas, el papel en el que todos los visitantes que deambulan en estas calles nos situamos instintivamente, por la pura empatía y elemental humanidad que nos queda. Pero tampoco en el lado de los victimarios, algo que nos parece impensable e insultante sólo con enunciarlo; pero recordemos que aquellos que diseñaron, cumplieron y ejecutaron las órdenes eran también hombres y no bestias, aunque se comportaran como tales.
Que ninguna consideración común ni objetivo colectivo (del pueblo, de la «raza», de la nación) lleve al fervor de sobrepasar o aplastar los derechos inalienables de cada uno, empezando por la propia vida. Que las apelaciones al alma nacional o las construcciones imperiales no resuenen en el corazón de nadie ni les hagan sentirse interpelados. Que en aras del bien común y de sacrosantos ideales no se enmascare el crimen ni se justifique ningún poder abusivo.
Que no seamos partícipes de las simplificaciones y constatemos que las sociedades avanzadas material, política y culturalmente pueden también ser capaces de desvirtuar hasta la médula sus instituciones y entregarse paulatinamente hasta la insania, sin casi advertirlo. Que se valore el conocimiento de la historia y su aprendizaje continuo, palpando en nuestras raíces, también en las más dolientes, la vivencia de lo que fuimos.
Que despreciemos la ignorancia, empezando por la propia, combatiendo frente a ella para entender mejor los procesos históricos y sociales que, en situación de crisis, llevan a la pendiente del autoritarismo y la violencia ciega. Que sepamos que las dinámicas de degradación suceden con mayor o menor rapidez pero dan comienzo y tienen su caldo de cultivo el día en que aceptamos subyugarnos y supeditar los derechos de un tercero a una causa que consideremos superior o el día que asumimos la incapacidad de actuar frente a la opresión cotidiana.
Que no nos dejemos arrastrar por la política mendaz, la demagogia ni el contagioso odio. Que tengamos sentido crítico ante los charlatanes y los instigadores. Que las arengas y el ardor guerrero queden para las epopeyas clásicas. Que, como sabiamente se dijo, maldigamos las guerras y los canallas que las hacen, en lugar de exaltar el belicismo y el militarismo renaciente.
Que toquemos la tierra aún caliente de los campos de batalla de Europa y sus cicatrices latentes cada vez que se agite una bandera frente a la cara del otro. Que la cooperación europea perviva y no naufrague por la incompetencia política. Que no renazcan las disputas históricas y los recelos añejos, aún palpitantes. Que pongamos pie en pared frente a populismos y mezquindades que horadan la base de la convivencia. Que la estrategia de la separación, la discriminación y la exclusión no otorgue rédito electoral.
Que no olvidemos a las víctimas de los conflictos, los de ayer y los de ahora, los conocidos y los olvidados, los que sucedieron en nuestro suelo y los que ocurren a nuestro alrededor. Que los lugares de memoria mantengan la dignidad sin banalizar el dolor ni convertirse en escenarios de consumo vacuo. Que no sean utilizados para sostener prejuicios e ideas preconcebidas que arrojar frente al otro. Que nos sirvan para la introspección y para reforzar los valores humanos, que vemos fugarse a chorro. Que honremos con sobriedad y decoro a los masacrados en Oradour-sur-Glane; 19 españoles entre ellos, que huyendo de una guerra acabaron de lleno en otra, que era en cierto modo la misma. Que recordemos, para evitarlos, todos los episodios de un horror tan vivo, tan terriblemente humano, tan nuestro.
(Oradour-sur-Glane es una población del departamento de Haute-Vienne, Francia. El 10 de junio de 1944, cuatro días después de que comenzase el Desembarco de Normandía, y en un contexto de represalias indiscriminadas de la Wehrmacht y las SS frente a la población civil por las acciones de La Resistencia en la región, todos los hombres de la localidad fueron agrupados en distintos lugares de la villa para ser ametrallados y, en el caso de las mujeres y los niños, atacados y quemados en la iglesia de la localidad en la que fueron reunidos. La cifra de personas masacradas se estima en 643, de las cuáles, 19 eran españoles, refugiados en Oradour tras la Guerra Civil. El pueblo fue incendiado en su integridad y las ruinas se han mantenido desde 1945 en su estado, hasta hoy, como símbolo de los crímenes cometidos contra la población civil durante la ocupación).
Comentarios