La decisión de la alcaldesa de Gijón, la socialista Ana González, de cerrar la puerta a la celebración de corridas de toros en El Bibio me despierta reflexiones enfrentadas.
Nunca he acudido a una plaza de toros, a presenciar lo que algunos llaman «Fiesta Nacional». No comprendo, por más argumentos que me han dado buenos amigos, cómo se puede disfrutar presenciando la tortura y, finalmente, la muerte de un animal.
Reconozco la profunda influencia que la tauromaquia ha tenido en la literatura, pintura y música de nuestro país; pero creo que hoy no es una fuente de valores propios de una sociedad moderna.
Me gustaría que el final de las corridas de toros, tal y como hoy se realizan, llegase de la voluntaria decisión de los ciudadanos, sin más intervención del poder político que la eliminación de toda subvención a este tipo de eventos, siendo imposible su celebración por la inexistencia de público. Pero la realidad es tozuda y las posiciones de partido -que no ideológicas, pues en la izquierda como en la derecha hay aficionados- se imponen, dividen y enfrentan.
La primera edil gijonesa ha utilizado las más que desafortunadas e injustificables denominaciones de los morlacos lidiados -«Feminista» y «Nigeriano»- para anunciar que El Bibio, de titularidad municipal, no prorrogará ni volverá a licitar más ferias taurinas.
Si la decisión de la señora González flaquea por los extremos del oportunismo y la imposición, tampoco gana peso cuando, al ser criticada por defensores del toreo y formaciones políticas de la oposición municipal, se defiende estableciendo comparaciones con la trata de seres humanos.
No habría freno más efectivo a aquellos que imponen su decisión -más como un ataque a lo que consideran la afición en exclusiva de un perfil ideológico, que como la defensa de los derechos de un animal- que la evolución de la tauromaquia. ¿Por qué no un espectáculo en el que se demuestre el arte con el capote de un torero y la bravura y belleza del toro sin que este último sea picado, banderilleado y estocado? ¿Por qué no unir tradición y lucha contra el maltrato animal a través de una evolución guiada por el sentido común?
Mientras defensores y contrarios a la celebración de corridas de toros, en la calle y en las distintas administraciones públicas, no se planteen acercar posturas, no nos quedará más remedio que asistir como espectadores a improductivos debates marcados por el oportunismo y la imposición.
No permitamos que nos hagan elegir entre la continuidad de espectáculos que giran en torno al maltrato animal y las decisiones paternalistas adoptadas desde la sede de una formación política.
Comentarios