El Día de Asturias en días de odio

OPINIÓN

Barbón conversa con el arzobispo Sanz Montes
Barbón conversa con el arzobispo Sanz Montes Eloy Alonso

11 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Tom Burns Marañón explicó hace tres años la utilidad de la monarquía. El Rey sirve, dice, para «animar a los políticos a gobernar con sensatez y advertirles cuando se equivocan». También sirve para «enderezar a los pusilánimes y fustigar a los rebeldes». Supongo que Felipe VI será quien sepa si, por ejemplo, la nueva ley de educación es sensata o si Sánchez se equivoca. También habrá de ser él quien decida si Marlaska es un pusilánime al que hay que enderezar o un rebelde que debe ser fustigado. Quién necesita elecciones si ya hay una persona no elegida y bendecida por el plebiscito de los siglos que sabe cuándo se equivocan y aciertan «los políticos» y que sabe a quién hay que fustigar y a quién enderezar (en el sentido actual, no en el de Quevedo). Es evidentemente reaccionario pretender que aquellos a quienes se elige son una masa desnortada y necesitada de una figura no elegida superior y por encima de la democracia. Claro que no es lo más reaccionario que se me ocurre. Sería peor que esa figura superior, en vez de un rey, fuera un arzobispo.

Asturias y la inteligencia sufren cada 8 de septiembre el pecado original del Día de Asturias. No todo es culpa del arzobispo. Algunas fechas tienen un carácter religioso tan afincado que solo pueden ser fechas religiosas. Si en 1984 se hubiera dispuesto que el Día de Asturias fuera el Viernes Santo o el día de Navidad, el día de la Comunidad no podría ser más que religioso. Y quien dice el Viernes Santo dice el día de la Santina. Todos los enredos entre religión y política llevan materiales contrarios a la democracia, sean leyes asociadas a cultos, censuras impuestas por jerarquías eclesiales, objeciones de conciencia siempre basadas en credos religiosos o comités estatales que consideran éticamente conflictivo cualquier tema sobre el que la Iglesia tenga doctrina. Si además se escenifica al Gobierno subordinado a la Iglesia en un momento solemne de fuerte atención colectiva, estamos ante un anacronismo reaccionario. La TPA debería transmitir la misa de Covadonga en blanco y negro.

Sanz Montes se cree en ese papel que Burns atribuye al Rey y señala quién acierta y quién se equivoca por culpa de las «ideologías» como si lo suyo no fuera ideología, y bien oscura aunque ahora la pinten de verde. Le concede el beneplácito a Barbón (dudoso honor, Presidente) y echa sus anatemas contra el Gobierno y contra la Alcaldesa de Gijón, indirectamente, en esa tradición eclesial de frotarse las manos con lentitud para decir lo que se finge no estar diciendo e insistir en lo que se dijo negando que se haya dicho.