El termómetro nacionalista

Fernando Ónega
fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Enric Fontcuberta

11 sep 2021 . Actualizado a las 10:14 h.

Hace hoy nueve años ocurrió algo muy importante para la unidad de España: fue el día que los catalanes perdieron el miedo a la palabra independencia. No es que antes no hubiera independentistas. No solo los había, como en los últimos cinco siglos, sino que los jóvenes que defendían la unidad de España eran marginados por sus compañeros. Pero ese día, en la celebración de esa Diada, la independencia ya fue reclamada públicamente, sin medias palabras ni eufemismos. Y Artur Mas, que no había asistido a la manifestación, pero conoció lo ocurrido, decidió ponerse al frente de aquel movimiento. Remató la jugada pidiéndole a Rajoy el «pacto fiscal», Rajoy le respondió con un tajante no, y ahí empezó lo que después conoceríamos como procés: los referendos ilegales, la proclamación de la soberanía durante unos minutos, la sedición, el juicio a los líderes, la fuga de Puigdemont, los indultos… Han sido nueve años de intento de construcción de un nuevo Estado con todos los recursos imaginables, incluido el recurso a Rusia en busca de su apoyo.

Cada año, la Diada fue una jornada festiva, normalmente pacífica y profundamente reivindicativa. Fue, por así decirlo, la fiesta del independentismo, aunque lo que se celebra es la derrota de en la guerra de sucesión -no de secesión- de 1714. Y hay que decirlo: las manifestaciones que se celebraron fueron masivas. Las imágenes aéreas de las principales arterias de Barcelona eran impresionantes. Quedarse por debajo del millón de personas era un fracaso. Por eso, cuando el españolismo llama a concentrarse, corre el riesgo de provocar comparaciones que demuestren su debilidad. La buena planificación de los partidos secesionistas hizo que siempre hubiera un motivo, una disculpa, para convertir esas manifestaciones en una obligación cívica y patriótica.

Para hoy, según todos los indicadores, se espera una Diada distinta, como más fría. No se perciben ni el entusiasmo ni el desafío de tiempos más convulsos. La cosa debe estar casi helada cuando la ANC no efectuó inscripciones previas. En anteriores ediciones, se conocía de antemano el número de inscritos, y apabullaba. Pueden coincidir varias circunstancias. Hay cansancio social de las idas y vueltas del procés, que nada consiguieron. Hay división de los partidos indepes, que tienen desorientados a votantes y a militantes. La citada ANC parece haber perdido fuelle desde el cambio de dirección. Influyen los indultos, porque no es lo mismo movilizar independentistas con sus líderes en la cárcel que con ellos en libertad. Preside Aragonés, que no es un Torra ni un Puigdemont. Y no descartemos la ley casi biológica según la cual a períodos de gran excitación suceden períodos de quietud. Sumado todo esto, sale la explicación del cómico: «si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería».