Lo que el occidente no aprendió del 11S

OPINIÓN

Foto cedida por Carmen Payá, una coruñesa que estaba en Nueva York en el 11S
Foto cedida por Carmen Payá, una coruñesa que estaba en Nueva York en el 11S

13 sep 2021 . Actualizado a las 22:25 h.

La lectura de los periódicos del pasado día 11 dejaba la sensación de que el presentismo domina siempre el análisis de la actualidad. Los del 11 de septiembre de 2001 fueron ataques brutales contra civiles inocentes, pero cerraban el siglo de Hiroshima y Nagasaki; de los bombardeos sobre Londres, Coventry o Dresde; del napalm en Vietnam y los gases tóxicos en Marruecos o Etiopía. No fue la mayor matanza ni la más brutal, si se toma como referencia ese siglo XX que acababa de terminar, en el que las reglas de la guerra, que intentaban proteger la vida de los no combatientes o exigían la declaración previa antes de la agresión, fueron tantas veces borradas por el bárbaro y desmedido uso de la fuerza. La novedad era otra: el autor de la carnicería no fue el ejército regular de un Estado. A ello se sumaba que EEUU no había sufrido los efectos de la guerra en su territorio desde el siglo XIX, con la salvedad de Pearl Harbor, un ataque contra objetivos militares y en una isla lejana.

Era lógico que EEUU utilizase su poderío militar para intentar acabar con quienes habían organizado los ataques, también que se reforzasen las medidas de seguridad para prevenir su repetición, lo que careció de justificación fue la posterior invasión de Irak, el nuevo martirio de civiles inocentes, la destrucción de su país. Bush, Blair y Aznar, dirigentes mediocres, carentes de perspectiva histórica, de principios éticos y de dignidad, se convirtieron en los mayores promotores del yihadismo, cargaron de argumentos al radicalismo islámico.

El terrorismo fanático, protagonizado por suicidas que esperan alcanzar el paraíso con sus crímenes, es muy difícil de combatir incluso si es minoritario, mucho más si tiene apoyo social. Es cierto que la propia barbarie integrista lo ha reducido y, como se ha visto en Siria y Afganistán, ha provocado divisiones en su seno, pero el odio contra occidente sigue vivo entre muchos jóvenes musulmanes, incluso ciudadanos de países occidentales. Son ya siglos de agravios acumulados, el rencor no va a desaparecer fácilmente, pero el radicalismo islamista podría perder simpatías si esos países cambiasen sus políticas.