España es un país aconfesional y, por ende, la Comunidad Autónoma de Asturias también lo es. Sin embargo, hay veces que parece que esa declaración que se recoge en uno de los apartados del artículo 16 de la Constitución se orilla sin que exista ni una sola razón para explicarlo más allá de una malentendida tradición de tiempos pasados en los que se mezclaba poder religioso -católico- y poder civil. Caminar bajo palio fue recurrente en demasiadas ocasiones pero en pleno siglo XXI no cabe que ningún cargo público, que representa a toda la sociedad, comulgue en ejercicio de su responsabilidad, con ningún credo particular.
El ser humano, se dice, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En 2020, Jesús Sanz Montes, aprovechó la homilía del Día de Asturias para atacar al Gobierno Central por la gestión de la pandemia que, a la vuelta del tiempo, ha demostrado ser más acertada que la de otros muchos países.
En 2021, el Arzobispo de Oviedo, volvió a prevalerse del púlpito y el altavoz que le da la mezcla de la celebración civil y religiosa para atacar los logros de una sociedad democrática y avanzada, en un discurso falaz en el que mezcló los toros, el aborto y la eutanasia. Eso sí, a sabiendas de que todo lo que decía falta, con literalidad, a la verdad y a la legitimidad democrática.
Hace un año Barbón no fue responsable de la impresentable actuación de Sanz Montes, aunque sí de faltar a su responsabilidad como presidente de todos los asturianos y asturianas, al acudir a un acto en su calidad de máximo representante civil que, sin embargo, sólo incumbe a una parte; la de aquellas personas que profesan esa religión.
Este año, además de esa falta para quienes no son católicos y que no desean ver a su presidente en misa, salvo que lo haga, como es su derecho, a título particular, también es el responsable de la nueva salida de tono de un Arzobispo, porque que ya es costumbre verle convertir el día de Asturias en una catapulta para cuestionar decisiones políticas adoptadas libremente por una sociedad moderna y que, por fortuna, ya no pide permiso a más autoridad que la que emana de la ciudadanía.
Es obvio que el prelado ovetense puede decir lo que mejor le parezca, pero también lo es que la repercusión de sus exabruptos se ve enormemente amplificada por la presencia del máximo representante del poder civil asturiano, al que le toca poner la otra mejilla, aunque eso no le vaya en el cargo.
Es lamentable que esa capacidad para criticar a los otros, encarnados en el poder civil, no la use también el Arzobispo para mirarse un poco hacia dentro y pedir perdón por una Iglesia que, en demasiadas ocasiones, se sitúa al lado de los ricos, de ésos que según Mateo (19, 23-30), «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja», que ellos en el Reino de los Cielos; o ampara abusos en casos deleznables de pederastia. Decía Jesús que quién esté libre de culpa que tire la primera piedra y, a lo que se ve, Sanz Montes se cree sin pecado original.
No quiero detenerme en un religioso que tiene mucho de preconciliar. Como portavoz de Izquierda Unida, lo que me importa es qué hace el Presidente de Asturias en ejercicio de su cargo. Ahí, insisto, es necesario fijar la atención. Adrián Barbón no puede continuar propiciando la mezcla de celebraciones civiles y religiosas al más puro estilo covandonguista que no representa a una sociedad tan plural como la asturiana.
Por esta razón, hemos presentado una Proposición No de ley para desligar los actos civiles de los religiosos, atendiendo a la aconfesionalidad de la Constitución del 78.
Creemos imprescindible que en 2022 se cuente con un marco normativo que establezca que todas las instituciones asturianas celebren la fiesta de la Comunidad Autónoma al margen de cualquier acto de naturaleza religiosa. No caben concesiones. La sociedad asturiana se merece el respeto escrupuloso a la separación entre religión y Estado y, por eso el Gobierno de Asturias no puede ni debe acudir a ningún oficio religioso en representación de las instituciones civiles que, por definición, no tienen confesión alguna.
Si el Presidente cree que ese enclave debe seguir teniendo protagonismo, al menos, que cumpla su deber para con la institución que representa y se abstenga de mezclar el acto civil del religioso. Lo tiene fácil: que se deje de misas y que celebre un acto frente a la estatua de Pelayo como primer rey de Asturias.
Confiamos en que la PNL que hemos presentado sea aprobada para garantizar que el Gobierno de Asturias lo es de todos y todas, y no sólo de los que profesan una determinada religión.
Y como de lo que hemos hablado es de estar en misa y repicando, conviene recordar que la misión de cualquier prelado es predicar los evangelios, especialmente, los del dios del amor que consagra el Nuevo Testamento. Termino con una nueva cita (Mateo 22:21), en la que, claramente, el propio Jesús defendía la separación entre dos reinos muy distintos, el de la tierra y el de los cielos: al césar lo que es del césar.
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