Las llamadas élites

OPINIÓN

María Pedreda

10 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.
«El viento, como Dios, lo noto aunque no veo». (Un místico)

                                                           (1ª Parte)

Lo de las élites, tanto las de aquí, las nuestras o locales, como las de allá, las de otros o globales, y su doctrina, conocida como «el elitismo», son interesantes y por eso mismo complejas (lo simple nunca suele ser interesante). Pudiendo ser hasta dolorosas, pues pueden revelar o hacer patente, hasta con indiscreción, claves de pensamientos y prácticas sociales que se desearían muy escondidas. Y escribo «muy escondidas», pues serán excepción a la regla general de que en la sociedad todo es apariencia; salir del domicilio, reducto de lo íntimo; poner un pie en la calle o vía pública; cerrar el portal del edificio, es lo mismo que acontece cuando en un teatro se inicia la función, comenzando por subir el telón.

Lo importante, en lo social -se dice- no es el ser, sino el parecer, que es especialidad muy de estafador y de estafadora, tan abundantes, y que disponen de una clá o clac, de idiotas, como en los teatros o en las tomas de posesión de ministros o de ministrillos, aquí en provincias.

Podemos escribir, con trazo grueso, y según Raynaud y Rials, que las llamadas «élites» son personas agraciadas, más o menos, que en un sector concreto ocupan un rango superior por su nacimiento, inteligencia o riqueza. El primer requisito es que efectivamente, en lo objetivo, se tengan las gracias requeridas, y no bastando las imaginaciones de gentes que creen, en lo subjetivo, reunirlas, careciendo por completo de ellas. Una cosa es creer tener gracias y otra, muy diferente, es de verdad, tenerlas. Y con la definición científica de «élites», al principio de este párrafo, nos basta a modo de homenaje a la Ciencia política y a la Sociología que tanto las estudiaron, y sin ya espacio para explicar arcanos del pensamiento elitista, muy de tiempos del fascismo.