Anacronismos patrioteros, perdón, orgullo y lo de siempre

OPINIÓN

Los aviones de la Patrulla Águila sueltan el humo para dibujar la bandera española en el desfile del Día de la Hispanidad
Los aviones de la Patrulla Águila sueltan el humo para dibujar la bandera española en el desfile del Día de la Hispanidad Chema Moya | EFE

16 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

A los enamorados les gusta que el cortejo sea privado. La atracción, el gustarse y el acercamiento se manifiestan en conductas infantilizadas, provocaciones simuladas, amagos de risas, ademanes empalagosos sostenidos y gestos sobreactuados algo bobos. Solemos dedicar burlas menores al amigo que pillamos en esos trances, porque desde fuera todo parece una sarta de melindres inmaduros. Y no digamos la disolución completa ante el bebé, con esos labios alargados y esas onomatopeyas chillonas en que desaguamos cualquier resto de juicio y compostura. Intentamos no hacerlo en público, la gente suele preferir la privacidad para sus dulces arrobamientos ñoños. Es una pena que los sedicentes amores a la nación (la que sea) no sigan el mismo patrón y a la gente le guste escenificar con la mayor publicidad sus embelesos patrióticos. Porque esos pechos henchidos de siglos de honra racial, esas miradas extraviadas en horizontes nacionales, esos arrebatos rojigualdos, todo eso que se quiere hacer pasar por orgullo de nación, son lo bastante circenses como para que pudieran ser engullidos por el pudor. Entiéndaseme bien, una cosa es el cariño y apego que uno siente por su familia, y otra llenar la casa de heráldicas y blasones del apellido familiar y repetir en la comida de Navidad las genealogías y noblezas del nombre que nos honra. El cariño y hasta la afectación cursi están bien, pero en esto de las naciones o del equipo de fútbol del alma también estaría bien distinguir cuándo empieza la chorrada.

El 12 de octubre rebosa chorradas. Podría ser una celebración simbólica como cualquier otra con la que damos forma al tiempo y renovamos nuestra condición de comunidad. Se pilló a Rajoy, siendo Presidente, refiriéndose a los actos de la Hispanidad como «el coñazo ese» que iba a tener que aguantar el día siguiente. Ese comentario no lo hizo mal español, sino persona normal que vive la celebración sin chorradas. Pero hay algo más que horterada en todo este nacionalismo sobreactuado que alcanza su clímax en el desfile militar del 12.

Empezando por lo epidérmico, parece que quieren darle vueltas al asunto de la colonización de América, unos pidiendo perdón y otros proclamando su orgullo. El anacronismo es una versión de la mezcla de churras con merinas y de la entrada de un elefante en una cacharrería. Si todo lo que se nos ocurre de la Constitución de 1812 es que es machista, o nos parece que los romanos debían de ser lelos porque no tenían ni electricidad y eran una sociedad criminal porque tenían esclavos, estamos cometiendo el pecado intelectual del anacronismo. No es que los hechos sean falsos. La tontuna consiste en no contextualizar ni tener más referencia de análisis que el ombligo. Aunque es peor el anacronismo inverso. Veamos. Interiorizar la colonización española de América desde las categorías políticas y culturales actuales es un anacronismo evidente. No veo qué sentido político o moral tiene exigir o pedir perdón por todo aquello, ni están los perjudicados que podrían absolver la culpa ni están los culpables, de los que ya no somos ni parientes. Sí hay un aspecto relevante de la petición de perdón: el reconocimiento de que los hechos causaron daño y fueron injustos. Fueron injustos los hechos que acompañaron al proceso de colonización. Es tan relevante esto que la ONU desde su fundación inició un complejo proceso de descolonización planetaria. No los malos españoles, las naciones de la Tierra adoptaron el consenso internacional de que los procesos coloniales fueron episodios violentos de dominación, tan injustos como la esclavitud. España tiene suscritos todos los acuerdos internacionales que desarrollan este principio. Esa parte de la petición de perdón que consiste en reconocer el daño y la injusticia está cumplida de la mejor manera posible: siendo parte del consenso internacional por el que se determina la injusticia del colonialismo. Todas las valoraciones añadidas caen en el anacronismo.