La calle se llamaba «Bonifacio Martín»

OPINIÓN

Un trabajador coloca las placas de la calle Federico García Lorca y de la plaza Fresno, en Oviedo, en aplicación de la Ley de la Memoria Histórica
Un trabajador coloca las placas de la calle Federico García Lorca y de la plaza Fresno, en Oviedo, en aplicación de la Ley de la Memoria Histórica ELOY ALONSO

19 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace unos días he tenido que consignar una dirección para la remisión de un escrito dirigido a unas dependencias públicas situadas en una calle de Oviedo cuyo nombre oficial en el callejero, la verdad, ya no sé bien cuál es (y no hay fuente fidedigna a primera mano donde corroborarlo). Total, que puse «calle Comandante Caballero, antes Concepción Arenal, y viceversa». Sin fallo posible, por lo tanto. Una calle, además, con bastante significación para mí y bien frecuentada por los que intentamos, cada uno desde nuestro papel, que esto del sistema de justicia funcione. Una solución omnicomprensiva, a discreción y con retranca (sin ella no hay supervivencia moral) para que ningún destinatario tuviese margen de error, a la que la tortuosa historia de la nomenclatura de las calles (y no sólo la más reciente) nos ha abocado.

Claro que me hubiera gustado dejarlo sólo en «Concepción Arenal», no sólo porque la señora, una referencia en tantas cosas, empezando por su labor de visitadora de cárceles (y que hoy combatiría el populismo punitivo que hace furor, lamentablemente), merece estas y más distinciones; sino también porque comparto plenamente que la loa no vaya para el golpista Gerardo Caballero, crucial en el engaño, nada honorable ni caballeresco, a las autoridades civiles en aquel Oviedo del 19 de julio de 1936; y, sobre todo, destacado en la represión feroz llevada a cabo en la ciudad a partir de aquel momento, situación que prosiguió durante años, mucho más allá incluso del fin de la propia Guerra, como las fechas de la placa conmemorativa de la Fosa Común del Cementerio de El Salvador nos recuerdan. En todo caso, los avatares administrativos y contencioso-administrativos han podido más hasta ahora; y, por cierto, todavía no se ve un final claro y libre de controversia del entuerto. Me pongo en la piel de los deudos y amigos de las muy dignas personas, algunas de las cuáles conocí, cuyo nombre reemplazó el de otras vinculadas al régimen franquista en el intento de aplicación (fallida o defectuosa, según los tribunales que han enjuiciado el asunto) de la legislación sobre memoria histórica en Oviedo, y la verdad es que flaco favor se haría a su reconocimiento, si finalmente se reestableciese el viejo callejero.

Esta triste batalla tiene ahora un nuevo giro de guión con la decisión municipal de reponer el nombre «Calvo Sotelo», pero no, como antes, el de José (Ministro de Hacienda bajo la dictadura de Primo de Rivera, y asesinado siendo Diputado el 13 de julio de 1936) sino el de Leopoldo (Presidente de Gobierno entre 1981 y 1982, y muchas cosas más); desplazando el nombre de Federico García Lorca al de la actual calle Indalecio Prieto Tuero, para que este desparezca ahora del callejero, en el que estaba sin estruendo desde 1984. Cualquiera que lo vea desde fuera dirá, con bastante razón, que menudo lío tienen estos de Oviedo con el nombre de sus lugares públicos. El problema es que, por un lado, una decisión de este tipo tiene el inconfundible aroma del oportunismo y de la concesión a Vox y, en lugar de tratar de reconducir en lo posible todo este desgraciado asunto, le da una vuelta de tuerca, usando las calles como cromos. Y, por otro lado, lo hace sin parar mientes en la trayectoria del líder socialista (nacido en Oviedo), cuyo nombre quieren erradicar del callejero, desconociendo que Prieto fue, ante todo, el dirigente histórico de la clase trabajadora del Norte industrial de España; el más partidario de la colaboración con las fuerzas democráticas para que la República constitucional se consolidase; el que apreció prácticamente desde el inicio el desacierto estratégico y dramático de la Revolución del 34 y así lo expuso abiertamente; el que llamó la atención sobre la violencia represiva en la retaguardia republicana en las primeras semanas de la Guerra Civil, para tratar de ponerle fin; quien estableció lazos tras la contienda con otra fuerzas contrarias al régimen desde postulados muy distintos para intentar una inmediata restauración democrática, entonces plausible (el llamado «Pacto de San Juan de Luz» de 1948, con el mismísimo Gil Robles); y el que participó en el Congreso para la Unidad de Europa de La Haya (también en 1948), que es el germen del Movimiento Europeo y, por lo tanto, del periodo de paz más duradero en nuestro continente.