Con esta expresión -realpolitik- contestó Bismarck a los seguidores de Metternich cuando le plantearon la necesidad de restablecer el equilibrio de poder entre las grandes potencias coloniales europeas. La receta venía a recordar que los problemas reales pocas veces encuentran solución en los enroques ideológicos, en las utopías nacionalistas, o en el inmovilismo sistémico que paraliza la modernización social o la asunción de los avances técnicos y jurídicos que cambian los contextos en los que se gobierna.
Y la razón de citar hoy esta palabra -de uso tan corriente entre los politólogos y los historiadores, pero casi desconocida entre los ciudadanos- hay que buscarla en que, en contra de lo que nuestro Gobierno afirma, España está desgobernada, porque los problemas más graves no figuran en la agenda mediática, y porque nos pasamos el día dando vueltas a cuestiones secundarias y abstracciones sin sentido, mientras las cosas de comer -nunca mejor dicho- discurren por sendas cada vez más peligrosas. Veamos.
Antonio Garamendi acaba de decir que a los empresarios les preocupa más la posible derogación de la reforma laboral que el uso de los fondos europeos, dando a entender que, mientras la reforma afecta a la productividad y a la viabilidad de muchas empresas, y durante mucho tiempo, los fondos están funcionando como un bálsamo de Fierabrás que desactiva la política real y alimenta nuestra permanente huida hacia delante.
La UE también vino a decirnos que el problema de la carestía energética no se soluciona reformando la factura, ni desviando parte de sus costes hacia la Hacienda Pública, porque la carestía es un hecho real que no debe ocultarse. Y todo apunta a que la UE empieza a temer que el pronto de generosidad con el que está resolviendo la actual crisis, que favoreció más a los que peor se administran, acabará disparando las alegrías y los desajustes de los más irresponsables, en vez de generar las reformas estructurales y las prácticas de buena gobernanza que quiso impulsar.
Los socios de la coalición de investidura, que mantienen vivo al Gobierno pero no se solidarizan con él, también dejan ver muy claro que su objetivo es aprovechar la coyuntura para chantajear a un Gobierno débil; que para ellos son más importantes las partes que el todo, y que cuanto antes estallen las contradicciones del sistema, mucho mejor. El BNG, con su voto solitario, tampoco se queda atrás en la pillota presupuestaria. Y UP ya no piensa más que en clave electoral, y para ello fuerza la idea de que en el Gobierno hay un sector malo, el PSOE, cuya política económica es intercambiable con la del PP, y un sector bueno -UP- que se preocupa por la gente y arranca al capitalismo despiadado todas las medidas justas, posibles y necesarias que se están tomando. Y con todo esto, y mil cosas más, se ejemplifica la evidencia de que estamos instalados en la irrealpolitik, y que, si no salimos pronto del laberinto vamos a pagar, entre ajustes y recortes, una impresionante factura.
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