Es muy posible que en toda la etapa democrática iniciada con la Constitución de 1978 no haya habido un Gobierno peor que este, porque su errática gestión no solo es dañina para el bolsillo de los ciudadanos y para el propio partido que lo preside, sino también para el futuro del país, que ve cómo se ponen en almoneda los principios democráticos de la Transición y la reconciliación nacional a cambio de que Pedro Sánchez se mantenga a toda costa en el poder. Pero el destino ha querido que ese Gobierno incapaz y dañino coincida en el tiempo con la que a todas luces es la peor y más imprudente oposición que España ha tenido en estos 43 años.
Lo que está sucediendo en el PP dejó hace tiempo de ser un ridículo enredo interno, que divierte y entretiene a los más conspicuos detractores de la derecha, para convertirse en una absoluta irresponsabilidad que dibuja un panorama deprimente de cara al futuro. Frente a un Gobierno temerario, tenemos una oposición insensata. Mientras el país se incendia con una virulencia desconocida desde hace años, con huelgas en sectores estratégicos como el metal o el transporte que recuerdan a otras épocas; con policías y guardias civiles protestando en la calle por leyes que los desprotegen; con marchas de los pensionistas para exigir un retiro digno, o con estudiantes yendo a la huelga, lo que el PP ofrece como alternativa es un sainete indigno centrado en una batalla cainita cuyo fin último a nadie interesa.
Mientras el independentismo arrastra al Ejecutivo a recuperar un guerracivilismo que pretende inculcar en los jóvenes que no vivieron aquel espanto el odio que sus padres y abuelos fueron capaces de superar dando al mundo un ejemplo de concordia, la noticia en el PP es que su exportavoz parlamentaria arremete con furia contra la dirección de su propio partido, demostrando así el error catastrófico que supuso nombrar para ese puesto a alguien que, como ya le advirtieron algunos a Casado, no tiene más partido que su propio criterio ni más disciplina que la que dicta su inmenso ego. Alguien que da lecciones de coherencia, pero abomina de su formación sin dejar el escaño.
Mientras la Seguridad Social cerrará este año debiendo 100.000 millones de euros al Estado, convirtiendo en calderilla el incremento de las cotizaciones sociales para pagar las pensiones y amenazando el futuro de varias generaciones; mientras la energía es ya un bien de lujo y la inflación alcanza cotas desconocidas desde hace tres décadas, el jefe de la oposición está más preocupado por boicotear a la presidenta de Madrid para impedir que se convierta en su posible relevo que en mostrarse como alternativa al Gobierno planteando su propio proyecto.
Mientras el país vive el drama de afrontar una histórica tormenta económica y social con un hombre voluble y ayuno de principios al mando de la nave, el PP y su líder, único posible sustituto, ofrecen unas alarmantes muestras de inmadurez que dejan a los españoles en la duda de si es mejor cambiar ya de piloto o esperar a que cuaje una alternativa mejor.
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