A falta de una historia demográfica de España, que sería útil para entender la España vaciada, el babel retrospectivo en el que nos movemos nos condujo a un storytelling, o relato seudocientífico, que confunde más que explica, y que tiene fijada la vista de los geógrafos, políticos y todólogos con el mismo resultado que consiguen las anteojeras que fijan a las mulas en los senderos de montaña. Según este relato, que intento sistematizar, hay en España cinco eras demográficas. La tribal, o de solidaridad mecánica, de la que solo quedan vestigios. La romanización y el Reino Visigodo, desde el s. I a. C. al VII. Las repoblaciones, que es la era más tormentosa (s. VIII-XIII). La del Estado moderno (s. XIV-XVIII). Y la contemporánea, s. XIX-XXI, que integra, sobre las revoluciones liberal e industrial, tres Españas desequilibradas: la rellenada, la vaciada, y la centrípeto-succionada.
Los romanos fueron los primeros en tratar la Hispania como un todo, y crearon los centros de población y la estructura viaria que en buena parte perviven y son visibles en la geografía actual. La Reconquista, que heredó la España romana muy maltrecha, restauró los descosidos de la romanización adaptándolos a las necesidades de la guerra, integró los avances de los musulmanes, y reordenó los asentamientos a base de monasterios e iglesias, señoríos, fueros municipales y ciudades de realengo, hasta crear una España regularmente llenada, sin la que no podría existir la España vaciada. El Estado moderno legisló, amuebló las hermosas ciudades que son referentes históricos, y, a pesar de los tajos demográficos que le infligió la conquista de América, fue la que mejor distribuyo por todo el territorio lo que significa civilización, población e identidad.
Tras la Ilustración y el primer desarrollismo, asomó la España rellenada, que condujo la riqueza y la población hacia espacios económicos y políticos reforzados por el Estado. La consecuencia de este error fueron las migraciones internas que crearon la España vacía —no vaciada—, cuya desertización se deriva de las decisiones racionales, que adoptó la gente, en respuesta a los procesos de urbanización, industrialización y terciarización del país. Finalmente, perdidos ya los equilibrios, y sin haber diagnosticado su causa y sus remedios, surgió la España centrípeta, que, alimentada por seis ejes urbanos —tres fuertes y tres intermedios—, y zarandeada por los efectos de la cosmovisión nacionalista, generó la España succionada, que es lo mismo que la centrípeta, pero adaptada a la irrupción de la megaciudad —atractiva, franca y centrada— en la que se está convirtiendo la provincia de Madrid.
El arreglo, si posible fuere, dependería de un diagnóstico consensuado, y de una gestión larga y bien continuada que fuese capaz de revisitar la historia. Pero mucho me temo que, no habiendo mimbres para este cesto, tengamos que empezar a gobernar lo mejor que podamos la España succionada. Porque la restauración del viejo hábitat ya es una quimera.
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