La desolación de ser invisibles a los 50

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Akhtar Soomro | Reuters

07 dic 2021 . Actualizado a las 15:57 h.

Una amiga que ha pasado la frontera de los cincuenta años me suelta con desparpajo que se ha vuelto invisible para los hombres, para las relaciones, para el sexo. Exagera mucho, pero algo hay cuando todos pasamos de esa edad. Creo recordar que era el escritor Bioy Casares el que había confesado que llevó fatal el tiempo en el que, al envejecer, se dio cuenta de que se había vuelto transparente para los idilios. Bioy Casares fue un seductor nato en su vida. Mi amiga, también.

Hay sociólogos que aseguran que la crisis de los cuarenta sucede ahora en realidad a los cincuenta. Hoy las décadas se han vuelto locas y todo es posible, como el cambio climático. Cada vez presencio más como personas que conozco hacen unas tonterías gigantescas para la edad que tienen.

Ya sé que el amor es ciego, pero otra amiga muy certera y cruel, acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre, me dice que normalmente cuando un hombre de cincuenta años está con una cría de veinte lo único que hace es el ridículo. Y añade con lengua punzante que es curioso cómo la sociedad entiende mejor que un tipo de cincuenta tenga una novia joven que cuando es la mujer la que está con un chaval estupendo al que le lleva veinte o treinta años. Esta amiga dice que se hace el payaso con semejante diferencia de edad, porque los intereses, los placeres, no pueden ser los mismos.

No lo sé. Pero lo que sí veo es que el diablo carga muchas de las redes sociales que sirven para contactar con otros. Demasiado cincuentón que pone el filtro en los veinte años para poder recibir match, contacto, o supermatch, supercontacto, de chicas que podían ser sus hijas.

Aunque la adicción a las pantallas nos está igualando a todos. Vemos las mismas series, consumimos las mismas películas, leemos, los que leen, los mismos libros, la biología nos indica y nos subraya que un cuerpo de cincuenta años no tiene nada que ver con uno de veinte años, por mucho que el amor revolucione los sentidos y las hormonas. La de veinte, o el de veinte, tendrá que adaptarse al ritmo del de cincuenta o la de cincuenta o la relación crujirá.

A los cincuenta, los costurones están ahí. Vivir no es gratis. No conozco a nadie de esa edad que diga que las copas le sientan igual que cuando tenía diez o veinte años menos. Las resacas a los cincuenta son un infierno que lleva a los inteligentes a programarse para no volver a caer en el mismo error otra noche. Las últimas y las penúltimas copas, a cierta edad, sobran.

Los que no aceptan el paso del tiempo cantan en seguida en esas redes sociales. Utilizan fotos que no representan la edad que tienen en el DNI. Ya saben: nadie es tan guapo como en su foto de Facebook ni tan feo como en su foto del DNI. Y pasan incluso líos familiares. Cuentan el caso de un padre cincuentón que se dio de alta en una red muy conocida y, en su afán de conocer gente bajó el listón (habría que decir más bien que subió el listón) hasta los veinte años. ¿Qué sucedió? Que, casado con hijos como estaba, las amigas de la hija descubrieron que figuraba en esa red buscando amistades. ¿Solo amistades?

Asumir cada edad que se tiene es la llave para ahorrarse bochornos.