Cuando uno ve cada día actos, proclamas o ataques personales objetivamente abyectos, se produce un hartazgo insuperable por el que no solo se termina dejando de prestar atención a esas manifestaciones del mal, sino que se acaba interiorizándolas como si fueran normales, o no tan graves como parecen. Es un mecanismo psicológico de defensa que permite no atormentarse ante tanta miseria moral. La filósofa judía alemana Hannah Arendt elaboró el concepto de la banalidad del mal cuando en 1961 asistió como enviada de la revista The New Yorker al juicio en Jerusalén contra Adolf Eichmann. Mientras el fiscal describía al líder nazi como un monstruo, Arendt no lo retrató como el «pozo de maldad» del que hablaban otros, sino como un burócrata «terriblemente y temiblemente normal» que disfrutaba cumpliendo órdenes y siguiendo directrices con eficacia, sin hacerse preguntas morales. De manera que ni siquiera era consciente del mal de sus actos ni del sufrimiento que provocaba. Hoy, ese concepto de la banalidad del mal no está vinculado solo al nazismo, sino que se aplica a quienes cometen actos crueles y sin compasión con otros seres humanos sin ser conscientes del mal que hacen, porque se limitan a seguir consignas o actos de masas ideados por otros.
En la España del siglo XXI asistimos a casos claros de esa banalización del mal y también a ese hartazgo ante la repetición diaria de vilezas que ya ni siquiera escandalizan. Mientras nos entretienen con fruslerías como si Torra cuelga o no una pancarta en la Generalitat, en Cataluña se suceden episodios de odio que retrotraen a otras épocas. El caso de Canet, en el que una familia es acosada por pretender que se aplique la ley para que su hija de cinco años aprenda un 25 % de las materias en la lengua común de todos los españoles —¡un 25 %!—, es uno. El problema no es la lengua, que un kapo ha definido con el inquietante calificativo de «sagrada», propio también de otra época. Es el odio. Pero quienes se comportan así no son monstruos. El hombre que propuso «apedrear la casa de este niño (sic)» no es un ser inadaptado. Fue profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Todo ese odio, y el inaudito amparo de la Generalitat no a la niña, sino a quienes la estigmatizan —aunque sea sin estrella de seis puntas— y difunden su dirección, pretende atemorizar a todo el que ose exigir el cumplimiento de la ley y advertirle de lo que le espera. Pero Canet es un caso más. Los hubo iguales o más graves. El Gobierno catalán, por ejemplo, decidió administrar la vacuna del covid a Mossos d'Esquadra y policías locales, pero se la negó a agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil destinados en Cataluña, poniendo en riesgo sus vidas, en un claro acto de discriminación por odio. Luego, desde su palacete belga, Puigdemont reprobó que se administrara la vacuna a «privilegiados y protegidos por el sistema español». De ese caso, y de otros muchos de odio manifiesto, ya ni se habla. Pero si The New Yorker enviara hoy a Hannah Arendt a Canet, sabemos muy bien qué es lo que escribiría.
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