¿Qué hacer ante la ansiedad infantil?

Silvia Camino PSICÓLOGA Y MAESTRA DE EDUCACIÓN PRIMARIA

OPINIÓN

Sandra Alonso

La pandemia puso de manifiesto el aumento de la ansiedad infantil y adolescente, camuflada antes tras cierta normalidad. Han aumentado las autolesiones, las depresiones y la ansiedad generalizada. Las mal denominadas «emociones negativas», ansiedad, tristeza y angustia, son gestionadas como pueden por niños y adolescentes sin educación emocional, cuya única ventaja ahora es que ya no está tan mal visto decir «la situación me supera» y «necesito ayuda psicológica», aunque el estigma de la salud mental no nos ha abandonado del todo.

Se acaba el primer trimestre de un curso que se prometía libre de covid gracias a las vacunas, y que devolvería a niños y adolescentes su anterior normalidad. Nada más lejos de la realidad. Sumergidos en la sexta ola y con datos muy similares a los del año pasado en las mismas fechas, con ansiedad o sin ella, los padres debemos confiar en las vacunas para nuestros hijos, como garantía de que podrán tener una vida normal con ella.

Los padres indican que sus hijos tienen problemas para dormir, para socializar sin pantallas, que su conducta ha cambiado. Y lo cierto es que convivir con el covid hace que los trastornos adaptativos aumenten y que sus reacciones emocionales sean muy intensas.

Los principales factores de riesgo relacionados con esas consecuencias psicológicas han sido el exceso de noticias negativas, el distanciamiento social, ausencia de rutinas, el abuso de pantallas y la alimentación poco saludable. Los padres se preguntan por qué, y la respuesta es más bien desde cuándo, redes sociales, un mundo amenazador, altas expectativas y presión. Dar herramientas para gestionar las emociones que los desestabilizan es cada vez más importante.

Sea cual sea la causa y el tiempo desde qué apareció, debemos darle solución, enseñarles a cómo sobrellevar situaciones difíciles y desagradables, no a huir de ellas. Cualquier emoción, incluida la ansiedad, tiene una función para la supervivencia y el bienestar de la persona. Si a un niño o un adolescente que sufre una emoción desagradable le damos un móvil, una tableta o cualquier otra cosa que desvíe su atención, le estamos anestesiando emocionalmente, en lugar de enseñarle a conectar con esa emoción y aprender a gestionarla.

Hay que aprovechar este momento social que nos ha tocado vivir para poner de manifiesto la importancia de educar en emociones desde la enseñanza infantil. Cada vez somos más los que apostamos por la educación emocional desde la primera infancia, reforzándola en primaria y en la adolescencia, para conseguir adultos con una buena salud mental.