¿Quién escribe sobre Joan Didion?

César Casal González
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OPINIÓN

Didion fotografiada por Annie Leibovitz para Vanity Fair
Didion fotografiada por Annie Leibovitz para Vanity Fair

26 dic 2021 . Actualizado a las 10:19 h.

Es una misión casi imposible decirle adiós a Joan Didion (Sacramento, 5 de diciembre de 1934; Nueva York, 22 de diciembre del 2021, 87 años). Ella, que fue excepcional cronista de los sesenta y los setenta, despidió en dos obras increíbles a su marido y a su hija, a su niña con 39 años. Los dos libros, El año del pensamiento mágico y Noches azules, se estudian en las facultades como los ojos que se convierten en perlas de los seres queridos de la llamada literatura del duelo. Las palabras importan. Joan Didion era un símbolo, por tantas cosas. Era como la Dorothy Parker 2.0. Resumió la California de la contracultura. ¡Resumió Nueva York! ¿Cómo se puede resumir Nueva York? Pues empezó con empeño copiando a máquina las novelas de Hemingway para pillar el ritmo breve. Luego aprendió haciendo pies de foto en Vogue, donde, como decía ella, no cuenta cada palabra, cuenta cada letra, algo que sabemos bien los que tecleamos. Nada es más difícil que un pie de foto. Una letra más y se desmorona el pie de foto.

Joan Didion tenía un look que la ayudó a triunfar. Era de una elegancia eléctrica. Un cisne negro. Hay un documental que le hizo su sobrino, en el que habla ya mayor, en Netflix. Hasta que le llegó el párkinson sentó cátedra. Jamás se mordía la lengua. Concisa. Clara. Económica en el escribir. La echaron de Vogue porque con una crítica de cine se cargó nada menos que la película Sonrisas y lágrimas. La sintonía con su marido era tal que decía que uno terminaba las frases del otro. Hermoso. Escribieron juntos guiones de películas como Ha nacido una estrella o Íntimo y personal. Para ellos eran importantes las chimeneas. Encender el fuego en casa para sentir la casa, la velada.

Didion enterró pronto a su marido y muy pronto a su hija. En los dos libros habla de sus zapatos. De los de él, de los que no se quiere deshacer. Le ayuda a pensar que no se fue. Los detalles. De los de ella. Se acuerda de los que usó en la boda. Términos del dolor, cuando la vida golpea. «Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba». En un instante nada vuelve a ser igual. Quedan los recuerdos. Pero la pérdida existe. La vida es de alguna manera teatro real y no hay más escenas que vivir con quien se fue. No las va a haber. Mi padre murió hace dos años y a veces pienso que hablo con él y que él me contesta. No es verdad. No he podido llevarle más periódicos. No he visto más partidos de fútbol con él. La ausencia es vacío, está helada. No nos pongamos intensos, que llegan las lágrimas.

Joan Didion fue tan famosa que hasta hicieron un jersey de cachemir con su nombre. The Didion se llamaba el modelo y se vendía por 2.700 dólares. Era la mujer del nuevo periodismo. Tuteaba y mejoraba la testosterona de Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Gay Talese y Norman Mailer. Sabía que, para contar, había que empaparse y luego dar un paso atrás. Escribía con un estilete. Un estilete que fue de plumas cuando pintó la vida con su pareja y su hija. Ahora Joan Didion no tiene quién le escriba.