Alberto Garzón y Obi Wan Kenobi

OPINIÓN

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, visita la explotación ganadera de Rodrigo Suárez García acompañado del coordinador de IU de Asturias, Ovidio Zapico.
El ministro de Consumo, Alberto Garzón, visita la explotación ganadera de Rodrigo Suárez García acompañado del coordinador de IU de Asturias, Ovidio Zapico. EFE | ELOY ALONSO

15 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

La actualidad es una caja de resonancia. Pero, a diferencia de la caja de una guitarra, cambia de forma continuamente. Una misma verdad dicha en distintos momentos suena diferente, el contexto de cada momento puede arrancar ecos distintos a las mismas palabras. No es que la vida pública sea maldita y haya que hablar o morderse la lengua según lo que digan las gráficas de Iván Redondo. Hasta en la vida familiar callamos cuando no es el momento y hablamos cuando procede. Todos cultivamos el don de la oportunidad. Garzón es una persona que habla siempre con educación, sin provocación, aparentemente con franqueza y aparentemente sin tácticas. Diciendo siempre lo mismo, unas veces parece torpe y otras clarividente, dependiendo de la resonancia de sus palabras en el tejido de la actualidad. Al principio parecía mareado, con el embrollo aquel de quitar la publicidad de las apuestas, pero no ahora y según en qué horario. Luego pareció haber perdido el olfato cuando sacó lo del chuletón. Dijo verdades que sonaron a lo que él no quería decir y perjudicó el principio que quería defender. Por bueno que sea un vino, tomado en ayunas acompañando al café no sabe bien. Nos guste o no, guisar palabras con actualidades requiere olfato y condimento. Pero ahora unas palabras suyas muy parecidas ganan peso de día en día y la verdad que enuncian y el desconcierto de sus críticos se abren con la cadencia elegante con que se despliegan los pétalos de las rosas. A los que por edad asistimos al nacimiento de Star Wars nos resultó frustrante e infantil el esperado combate de Obi Wan con Darth Vader, y desconcertante su final. Obi Wan deja de luchar diciendo que si muere se hará más poderoso que nunca. Y efectivamente queda convertido en una presencia fantasmal que dará mucha guerra. Tengo la sensación de que quienes piden la dimisión de Garzón deberían tener los dedos cruzados para que no suceda porque justo ahora él y su posición se harían más fuertes con su destitución. La salida de Garzón del Gobierno sería como el desvanecimiento del gato de Cheshire, que deja suspendida una sonrisa sin rostro.

Hay ahora mucho predicador tan entusiasta de la empatía y la conexión emocional que parece que razonar o simplemente decir cosas es de muermos que no saben comunicar. Tan banal es esto como empecinado es no comprender que cuando alguien está en un estado emocional intenso, se le diga lo que se le diga, hay que acompañarlo en el sentimiento. No se le habla a alguien en el funeral de su madre sin tener en cuenta que se acaba de morir su madre. Cuando un país está agotado por los estragos de la pandemia, desconfiado del futuro y desorientado por tanta alteración de lo cotidiano, los mensajes tienen que acompasarse con el estado de ánimo o solo provocarán sordera. Lo del chuletón contenía verdades necesarias. La gente ve la relación entre la madera y los bosques y entre los tubos de escape y los humos. Pero se ve peor que detrás de los chuletones hay bosques talados, humos y vertidos. Por eso es necesario que la autoridad lo diga. Pero no encaja bien con el agotamiento de la pandemia entrar en nuevas disciplinas alimentarias y sombras de prohibiciones. Como diría Pujol en sus buenos tiempos, lo del chuletón no tocaba e indispuso a mucha gente contra lo correcto. Mala comunicación, error político.

Ahora Garzón no dijo nada. Al hilo de unas elecciones tácticas, alguien recortó y tuneó algo que había dicho en una entrevista a The Guardian, y se encuentra con que los que conspiraban en el extranjero contra las ayudas a España dicen que él conspira en el extranjero contra la carne española. Y salta la liebre de las macrogranjas. Agitan el bulo del ministro que ataca a los ganaderos, rugen titulares y pancartas, barones socialistas se añaden al ruido y las cocinas de Sánchez calculan beneficios. Pero saltó la liebre de las macrogranjas. Por mucho que quieran llamar «nuestros ganaderos» a las macrogranjas, es tan difícil de convencernos como de que Amazon son «nuestros pequeños comerciantes». Cuanto más se centra la discusión en las macrogranjas, más resplandece el hecho de que el ministro no atacó la carne española en el extranjero y de que no era de eso de lo que se hablaba. Se va haciendo transparente que las macrogranjas son el Goliat que amenaza la ganadería en la que pensamos cuando pensamos en ganadería; que todo es un bulo; que las reacciones contra Garzón fueron dictadas por intereses económicos nada modestos en unos casos, por propaganda zafia en otros casos y por tacticismo de medio pelo en otros; que Garzón no es excéntrico, ni genio, ni tonto, solo dice lo que dice todo el mundo, incluido el Presidente y los barones ruidosos. Hay un error dialéctico habitual en la izquierda que la ultraderecha actual intenta aprovechar. La izquierda se empacha con facilidad de ideología, principios y altos valores planetarios. Cuando una persona tiene problemas para circular con su único coche para ir al trabajo porque contamina más de lo permitido y solo se le habla del calentamiento del planeta, se le hace sentir que su problema es pequeño, que están en juego cosas más importantes para todos que sus dificultades para comprar otro coche. Parece que se le mira por encima del hombro. No es esa la intención, pero es el efecto. La ultraderecha imita con éxito variable acentos humildes de clase baja para caricaturizar a la izquierda como progres urbanitas malcriados que no son como nosotros y alimentar así sus devastadores propósitos. Nunca hay que ignorar un problema en nombre de principios superiores, por justos y correctos que sean. Cuando hablamos de agricultura y ganadería, el estereotipo del rural ignorado por el urbano salta con facilidad. Pero, seguramente por casualidad, no está sucediendo ahora. La retórica de Garzón y quienes lo apoyan con alguna visibilidad incluye términos como sostenibilidad o ecología, pero sin la habitual exuberancia y sin alejarse de la percepción común. La actualidad es ahora una caja de resonancia que está favoreciendo las palabras de Garzón y su estilo circunspecto.